Una presidenta científica, una ciencia para México
Durante mucho tiempo se ha difundido una imagen curiosa del filósofo. Algunas películas, caricaturas y conversaciones informales presentan al filósofo como una persona despeinada, descuidada, aislada de la realidad, con un morral al hombro y, en ocasiones, asociada al consumo de drogas o a estilos de vida desordenados. Este estereotipo puede parecer simpático, pero está muy lejos de la verdadera filosofía.
La filosofía auténtica no busca el desorden. Busca la verdad.
Los grandes filósofos realistas enseñaron que existe una relación profunda entre el pensamiento y la vida. Si una persona piensa con claridad, también puede actuar con mayor rectitud.
Aristóteles afirmaba:
"La virtud es un hábito."
Esta breve frase encierra una gran enseñanza. Nadie se vuelve sabio por aparentarlo. La sabiduría se construye mediante hábitos buenos: estudio, disciplina, respeto, prudencia y trabajo constante.
Un filósofo no es alguien que vive en el caos hablando de ideas complicadas. Es una persona que intenta ordenar su inteligencia para comprender la realidad.
La forma de vestir no determina el valor de una persona. Sin embargo, el cuidado personal puede expresar respeto hacia uno mismo y hacia los demás.
Santo Tomás de Aquino enseñaba que:
"La razón debe dirigir las acciones humanas."
Si la razón orienta nuestra conducta, también influye en nuestros hábitos cotidianos. La puntualidad, la cortesía, la limpieza y la presentación personal forman parte de una vida racional y equilibrada.
El filósofo auténtico no necesita verse extravagante para demostrar que piensa. Su mejor argumento es la calidad de sus ideas.
Uno de los errores más comunes consiste en imaginar al filósofo como alguien desconectado del mundo. Los filósofos realistas sostienen exactamente lo contrario.
Aristóteles estudiaba la naturaleza, la política, la ética y la educación. Santo Tomás investigó la teología, el derecho, la ciencia y la vida social. Ambos buscaban comprender la realidad tal como es.
Por eso, el verdadero filósofo no huye de las responsabilidades. Participa en la vida familiar, educativa, profesional y social. Reflexiona sobre el mundo para mejorarlo.
Muchos jóvenes creen que filosofar significa romper todas las reglas. La filosofía realista propone algo más profundo.
La verdadera rebeldía consiste en pensar por cuenta propia, buscar la verdad y no seguir ciegamente las modas. Se necesita más valentía para estudiar seriamente que para repetir consignas populares.
Gilson, uno de los grandes representantes del realismo contemporáneo, defendía que el pensamiento debe estar conectado con el ser y la realidad, no con simples apariencias. La filosofía exige amor por la verdad, no por la pose.
Tal vez sea hora de cambiar la imagen tradicional del filósofo. En lugar del personaje confundido, desordenado y permanentemente inconforme, podemos pensar en alguien:
Un filósofo puede vestir de manera sencilla o elegante. Eso es secundario. Lo importante es que exista coherencia entre lo que piensa, lo que dice y lo que hace.
El filósofo no es un personaje perdido entre humo y discursos incomprensibles. El auténtico filósofo es una persona que busca comprender la realidad, cultivar la virtud y vivir de acuerdo con la razón.
Como enseñaban Aristóteles y santo Tomás de Aquino, la sabiduría no consiste en aparentar originalidad, sino en descubrir la verdad y ordenar la vida conforme a ella. El mejor filósofo no es el más extravagante. Es el que piensa con claridad, vive con rectitud y contagia a otros el entusiasmo por conocer. Y eso, lejos de ser aburrido, es una de las aventuras más apasionantes que puede vivir un ser humano.
Dos estudiantes estaban platicando:
—Oye, ¿es cierto que los filósofos no se bañan?
—No, eso es un mito.
—¿Y que usan drogas para pensar más?
—También es un mito.
En ese momento pasó el profesor de filosofía.
—Profesor, ¿qué se necesita para ser filósofo?
El profesor respondió:
—Bañarse ayuda, no usar drogas también, pero lo más importante es usar la razón.
—¿Y eso basta para ser filósofo?
—No. Después hay que leer, estudiar, escribir y pensar durante años.
Los alumnos se miraron preocupados.
—¡Qué desilusión!
—¿Por qué?
—Porque nosotros creíamos que con oler raro ya llevábamos media carrera.




