Una presidenta científica, una ciencia para México
Cuando la FIFA volvió a mirar a Guadalajara para el Mundial de 2026, no eligió simplemente una coordenada en el mapa ni un moderno complejo de concreto. Eligió el suelo donde el fútbol y el alma de la mexicanidad se funden en un solo grito.
Otras sedes del mundo presumirán tecnologías de vanguardia e infraestructuras millonarias. Pero Jalisco ofrece lo que el dinero no puede comprar: la mística de una tradición que late en el pecho de su gente y la esencia viva de México. Aquí el fútbol no se limita a los noventa minutos de un partido; es el juego que se aprende en el barrio antes que las materias de la escuela, una herencia sagrada que se transmite de padres a hijos. Chivas y Atlas no son solo dos escudos en el pecho; son las dos mitades del corazón de una tierra que ha marcado el ritmo del balompié nacional por generaciones.
Jalisco es, además, el rostro y la voz con la que el planeta entero identifica a nuestra patria. El compás del mariachi, el trago gallardo de tequila, la elegancia de la charrería y la calidez inigualable de la hospitalidad tapatía forman un mismo patrimonio emocional. Aquí el visitante no viene solo a ver rodar un balón, viene a impregnarse de una experiencia profundamente mexicana.
Precisamente por la grandeza de esta historia, duele e intriga que el mayor altar de nuestra memoria futbolística haya quedado relegado a la penumbra de la fiesta: el Estadio Jalisco.
Nadie cuestiona la modernidad del Estadio Akron como la sede oficial del torneo. Sin embargo, una Copa del Mundo es mucho más que los noventa minutos oficiales en la cancha. El monumental Estadio Jalisco —ese que vibró con la magia de Pelé en el 70 — merecía ser el gran hogar del pueblo.
Pudo convertirse en el refugio de los miles de aficionados que no podrán costear un boleto oficial, pero que llevan el fútbol en las venas. Pudo albergar entrenamientos abiertos, un Fan Fest histórico, exposiciones de sus leyendas y actividades que bajaran el Mundial de las élites para entregárselo a la gente.
Imaginen por un segundo ese coloso de la Calzada Independencia vibrando de nuevo, repleto de colores y cantos de aficiones extranjeras compartiendo con nuestra gente. Imaginen a miles de familias de los barrios del oriente de Guadalajara viviendo la fiesta frente a pantallas gigantes, devorando el Mundial en el mismo sitio donde sus abuelos vieron a los mejores de la historia.
Eso también es construir legado. Eso también es hacer ciudad. Olvidar al Estadio Jalisco en un Mundial es, de alguna manera, dejar fuera de la fiesta al corazón de nuestra propia historia.




