Tortas para los tragones
Las últimas semanas dejaron una imagen que difícilmente olvidaremos. Miles de personas reunidas en el espacio público, cantando las mismas canciones, conviviendo en paz, bailando y demostrando que la cultura tiene una enorme capacidad para unir a una sociedad.
Lo vimos con Maná ante más de 170,000 personas. Lo volvimos a ver con Alejandro Fernández, acompañado por Julión Álvarez y Alfredo Olivas con una asistencia de más de 250,000 personas en la serenata más grande de Jalisco, y la más bella de México y del mundo. Más allá del espectáculo, estos eventos dejaron una reflexión que vale la pena poner sobre la mesa: la cultura no debe ser un privilegio; debe ser un derecho al alcance de todas las personas.
Jalisco ha demostrado que tiene todo para convertirse en la capital cultural de México. Tenemos artistas de talla internacional, festivales reconocidos en todo el mundo, espacios públicos extraordinarios, una industria creativa vibrante y, sobre todo, una ciudadanía que disfruta, respeta y hace suya la cultura.
Ese es un patrimonio que debemos cuidar y fortalecer.
Sin embargo, también es momento de abrir una conversación que durante años se ha postergado. Mientras miles de personas pudieron disfrutar gratuitamente de estos conciertos, otras tantas enfrentan una realidad muy distinta cuando desean asistir a espectáculos privados: boletos que cambian de precio en cuestión de minutos, plataformas que cobran comisiones excesivas, reventa digital y una regulación que claramente ha quedado rebasada por el mercado.
La cultura no puede depender exclusivamente de la capacidad económica de las personas.
Por supuesto que los espectáculos privados tienen un enorme valor y representan una industria que genera empleo, turismo y desarrollo económico, pCero también es cierto que el acceso a la cultura debe formar parte de una visión más amplia de ciudad.
Así como hablamos del derecho a la educación, al deporte, a la vivienda o al espacio público, también debemos comenzar a hablar del derecho a la cultura.
Y quizá sea momento de pensar con mayor creatividad.
¿Y si existiera un Bono Cultural Jalisco?
Un mecanismo que permitiera a las juventudes, estudiantes, personas adultas mayores o familias acceder a actividades culturales mediante apoyos públicos o esquemas de colaboración con la iniciativa privada. Un instrumento que impulsara el consumo cultural, fortaleciera a los artistas locales y ampliara el acceso a conciertos, teatro, cine, museos y festivales.
No sería un gasto. Sería una inversión en cohesión social.
Las ciudades más innovadoras del mundo han entendido que la cultura no solo entretiene. También mejora la salud mental, fortalece el sentido de pertenencia, previene la violencia y genera desarrollo económico.
Desde el Congreso del Estado debemos comenzar a construir esa conversación. No solamente sobre el financiamiento de la cultura, sino también sobre las reglas que garanticen un mercado más transparente para las personas consumidoras, una regulación moderna para las plataformas de venta de boletos y mejores condiciones para que cada vez más ciudadanos puedan acceder a la oferta cultural de nuestro estado.
Estoy convencido de que el siguiente paso en Jalisco no es únicamente organizar grandes conciertos. El siguiente paso es garantizar que la cultura llegue a más personas. Porque el papel de una figura política como lo es Movimiento Ciudadano, es garantizar la cultura para las familias.
Porque cuando la música llena las plazas, el arte ocupa las calles y la cultura deja de ser un privilegio para convertirse en un derecho, no solo gana el público. Gana la ciudad.




