Una presidenta científica, una ciencia para México
Existen gobiernos municipales que concentran buena parte de sus esfuerzos y recursos en podar el pasto, recoger la basura, reparar calles, sustituir luminarias, rehabilitar parques y entregar obra pública. Todo eso es necesario; son las responsabilidades básicas constitucionales de cualquier ayuntamiento. Sin embargo, administrar una ciudad no es lo mismo que gobernarla.
Gobernar significa tener rumbo: saber qué ciudad se quiere construir y contar con la capacidad para traducir esa visión en políticas públicas.
El primer instrumento para lograrlo es el Plan Municipal de Desarrollo. En una administración que realmente gobierna, el Plan funciona como hoja de ruta: ahí se definen prioridades y objetivos, y de él deben desprenderse las políticas públicas, los programas, las acciones y, fundamentalmente, el presupuesto. El presupuesto debe ajustarse al Plan, y no el Plan acomodarse al presupuesto.
En cambio, en un gobierno que solo administra, el Plan corre el riesgo de volverse un mero trámite legal: se elabora, se aprueba, se publica y, después, cada dependencia continúa con su propia inercia.
Aquí surge una segunda diferencia fundamental: la conducción técnico-política. Entre la visión de la presidencia municipal y las múltiples dependencias del ayuntamiento debe existir capacidad de coordinación.
Alguien tiene que traducir el Plan Municipal de Desarrollo en prioridades concretas, coordinar al gabinete, fijar metas, dar seguimiento, evaluar resultados, resolver diferencias interinstitucionales y articular a todo el equipo hacia el mismo objetivo. No es una labor protocolaria ni meramente administrativa; es una de las funciones estratégicas más importantes del gobierno.
Cuando esa conducción es débil, y carece de liderazgo cada área termina construyendo su propia agenda. En cambio, cuando funciona, ocurre lo contrario, las ocurrencias no tienen cabida, se gobierna con políticas públicas, se alienan los programas públicos y todas las dependencias avanzan bajo una misma visión.
De ahí se desprende otra diferencia clave. En los gobiernos que solo administran, la confianza y la lealtad suelen ser el criterio principal para integrar los equipos. En los gobiernos que aspiran a transformar, la confianza debe acompañarse indispensablemente de capacidad, experiencia y conocimiento.
El tercer elemento es el desarrollo económico. No podemos conformarnos con municipios que crecen en población y vivienda mientras sus habitantes se ven obligados a trasladarse diariamente a otras ciudades en busca de empleo y oportunidades. Gobernar implica también atraer inversión, fortalecer a las empresas locales, potenciar la vocación productiva, impulsar la empleabilidad y generar fuentes de trabajo cerca de donde vive la gente, porque el desarrollo económico es, también, política social.
Una ciudad puede crecer mediante la edificación de viviendas, calles y fraccionamientos. Desarrollarse, en cambio, significa generar oportunidades, inversión, empleo y calidad de vida.
En las próximas semanas iniciará el periodo de informes municipales y ojo, Informar no es enumerar.Informar no debe ser acumulación de cifras: número de beneficiarios, obras realizadas, apoyos entregados, calles intervenidas o recursos ejercidos. Son datos que pueden resultar impresionantes, pero que aislados dicen muy poco sobre el desempeño de un gobierno.
Un verdadero informe debería responder preguntas más importantes: ¿qué cambió realmente en la vida de los ciudadanos?
En las próximas columnas analizaremos algunas de las administraciones municipales más representativas en nuestra metrópoli. Lo haremos para intentar responder una pregunta sencilla: ¿están administrando sus municipios o realmente los están gobernando?




