Tortas para los tragones
En México, cada reforma electoral es más que un ajuste técnico; es una conversación con nuestra historia. Nuestra democracia tiene una cicatriz profunda: la del régimen hegemónico del PRI que, durante siete décadas, confundió mayoría con control absoluto. A muchos nos tocó enfrentar esa etapa; nos tocó organizarnos, marchar, denunciar irregularidades y empujar para abrir el sistema. Por ello, la actual propuesta de Reforma Electoral debe medirse por su parecido con ese pasado que juramos no repetir.
Hay que ser claros: las listas plurinominales no nacieron para proteger políticos, sino para proteger ideas frente al "carro completo" priista. Fueron el candado contra la aplanadora oficialista. Esa generación no solo marchó; resistió desde huelgas de hambre, organizó la primera observación ciudadana contra el fraude, realizó tomas de plazas y diseñó, desde la minoría, el padrón con fotografía y el arbitraje independiente. Gracias a esa lucha, la tribuna se nutrió de la inteligencia de figuras como Heberto Castillo, Arnoldo Martínez Verdugo, Gilberto Rincón Gallardo y Porfirio Muñoz Ledo, y de mujeres fundamentales como Ifigenia Martínez, Marcela Lagarde, Amalia García, Patricia Mercado y Rosario Ibarra de Piedra. Sin las listas, sus voces —incómodas para el poder— habrían sido silenciadas por la maquinaria territorial.
Es aquí donde reside la contradicción más profunda. Morena se presenta como el heredero natural de esta izquierda histórica, pero en los hechos, ha dejado de representarla. Resulta de una ingratitud histórica alarmante que un movimiento que debe su existencia a la pluralidad pretenda hoy quemar la escalera por la que subió.
La iniciativa de 2026 mantiene los 200 escaños proporcionales, pero elimina las listas de partido, regresando a la lógica de los años 70 donde solo quien tiene el aparato existe. La ironía es total: hoy, el PVEM y el PT aportan 33 diputados y 8 senadores plurinominales que le dan a Morena la mayoría calificada.
Este asalto a la pluralidad tiene un eco devastador en Jalisco. Nuestro estado goza hoy de un ecosistema político diverso, representado por siete fuerzas políticas: MC, Morena, PAN, PRI, PVEM, PT y el esfuerzo local de Hagamos y Futuro. La reforma pretende convertir este mosaico en un desierto. Al eliminar las listas, condena a nuestro estado a un bipartidismo asfixiante, convirtiéndose en la tumba de los partidos locales y de las minorías que dan equilibrio al Congreso del Estado. Jalisco dejaría de ser una democracia de múltiples voces para ser un tablero de solo dos colores.
Incluso dentro del poder hay fracturas que delatan el cálculo: la Presidenta quería eliminar la reelección en 2027, pero el ala "lopezobradorista" se impuso para postergarlo al 2030 y proteger sus cotos. Al igual que en el viejo régimen priista, la prioridad es la permanencia del grupo, no la salud de la democracia.
Es rescatable la prohibición del nepotismo para que los cargos no sean heredados a familiares; es una victoria ética. Pero no combatimos desde la izquierda histórica al PRI para que después se construyera un espejo de su hegemonía. Las reglas electorales no se cambian desde la mayoría para fortalecer a la mayoría. Con la memoria de quienes aportamos para abrir el sistema, la responsabilidad es clara: desde nuestra trinchera, si esta Reforma Electoral busca incendiar la escalera de la pluralidad en Jalisco y el país, la obligación histórica es intentar detenerla.




