Descomplicado
Una Corte más cercana a un culto que a la justicia
El pasado 1 de septiembre, los nuevos ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación realizaron, antes de su toma de protesta en el Senado, un ritual prehispánico en el que se invocó a deidades como Quetzalcóatl, Tonantzin y Coatlicue. Aunque muchos lo presentaron como una ceremonia cultural o un homenaje a los pueblos originarios, en realidad fue un acto cargado de simbolismo religioso y político.
Lo llamativo es que este tipo de prácticas son aplaudidas y difundidas como símbolos de identidad nacional, pero cuando un católico o cualquier creyente busca manifestar públicamente su fe, de inmediato es cuestionado y criticado por supuestamente violar la laicidad del Estado. La realidad es que parece haber un doble discurso, se censura la fe mayoritaria, pero se tolera y hasta se celebra la que resulta políticamente conveniente.
No hay que olvidar que la cosmovisión mexica estaba lejos de ser pacífica. Era un sistema religioso que se sostenía en sacrificios humanos y en la dominación de otras tribus. Mujeres, niños y prisioneros de guerra eran asesinados como ofrenda para los dioses. Recordar esos hechos no es un invento ni una exageración: así lo documentan los propios cronistas de la época.
El ejemplo más claro es el origen del pozole. Antes de ser el platillo que hoy disfrutamos en las fiestas patrias, estaba ligado a rituales de canibalismo religioso. Pretender romantizar estas prácticas como símbolos de abundancia es ignorar la brutalidad con la que se llevaban a cabo.
A esto se suma que el llamado bastón de mando se ha convertido en un requisito de la 4T para legitimar a sus figuras. Lo recibió López Obrador, lo recibió Sheinbaum y ahora lo reciben también los ministros de la Corte. Lo que debía ser un acto de independencia judicial terminó pareciendo una extensión del manual político que Morena ha puesto de moda.
En lugar de marcar un inicio imparcial y autónomo, los nuevos ministros arrancaron su gestión con un ritual que los vincula directamente al proyecto político en turno. Eso genera más dudas que confianza: ¿están al servicio de la Constitución o del poder presidencial?.
La gravedad no es solo la forma, sino el fondo. Si se permite que la investidura más alta del Poder Judicial se mezcle con prácticas religiosas, sean católicas o indígenas, se abre un terreno muy peligroso para la manipulación política. México es un Estado laico, y esa norma debería aplicarse sin excepciones.
La Suprema Corte debía enviarnos un mensaje de confianza y justicia, pero lo que vimos fue otra puesta en escena de la 4T. No fue un acto cultural inofensivo: fue un ritual de poder, un símbolo de sometimiento y un recordatorio de que en México, hoy más que nunca, la política se parece más a un culto que a una democracia.




