Tortas para los tragones
Cada vez que se acerca un Mundial, regresa esa nostalgia que duele. Y no, no es sólo el eco de aquella frase gastada de que “todo tiempo pasado fue mejor”. Es algo mucho más profundo: la amarga certeza de que nos arrebataron algo que legítimamente era nuestro.
Porque el futbol mexicano se quedó sin alma. Perdió pasión, extravió su identidad y, lo que es peor: dejó de pertenecerle al pueblo.
México 86: el fútbol con corazón
Quienes lo vivimos, aunque fuera desde la mirada de la infancia, sabemos que aquello fue distinto. La Selección Mexicana era un motivo de orgullo genuino. Hugo Sánchez no era solo un goleador; era un símbolo nacional, el espejo en el que todos los niños querían mirarse.
Los barrios se paralizaban. El futbol se respiraba en las calles, en las canchas de tierra y en las sobremesas familiares. Los estadios no eran escaparates corporativos ni vitrinas de vanidad, eran auténticos templos populares. Ahí nació la Ola, esa expresión espontánea que le dio la vuelta al mundo. Nos representaba Pique, ese jalapeño con sombrero charro de gran carisma, y por supuesto, la inolvidable Chiquitibum, que tenía enamorada a toda una generación y reflejaba a la perfección esa picardía tan propia del mexicano. Aquel futbol tenía algo que hoy parece extinto: identidad compartida.
2026: una Selección sin alma y un país de espectadores
Hoy, la diferencia es brutal. La mascota actual pasa desapercibida y la Selección Mexicana… duele decirlo, pero ya no nos representa. Los ídolos populares fueron reemplazados por celebridades de cristal, más preocupados por sus contratos comerciales que por el peso de la camiseta. Antes nuestros futbolistas eran nuestro orgullo, hoy desconocemos sus nombres.
El negocio perfecto y la bofetada en la taquilla
Pero la mayor traición no ocurre en el césped, sino en la taquilla. Para este Mundial, pisar el estadio será un lujo totalmente prohibitivo para el mexicano promedio.
Si revisamos las cifras reales de lo que cuesta ir a los estadios, la bofetada es mayúscula. Entrar a un partido de fase de grupos donde juegue México te puede costar entre $4,000 y $8,000 pesos en las zonas más recónditas (si tienes la suerte de ganarle a las plataformas). Pero en el mundo real, los paquetes de hospitalidad y la reventa han inflado las localidades decentes por encima de los $30,000 o $50,000 pesos. ¿Un acceso VIP o las instancias finales? Hablamos de locuras que superan los $250,000 pesos.
Extrañando lo que era nuestro
No idealizo el pasado. El México del 86 también tenía profundas heridas. Pero aquel Mundial tenía corazón y se sentía nuestro. El de hoy es un evento rentado y elitista.
Ojalá que esta Copa nos devuelva al menos un chispazo de aquella pasión perdida en la cancha. Y mientras tanto, nos tocará seguir extrañando a Pique, a la Ola y, por supuesto, a la inolvidable Chiquitibum, que alegraba la vida y nos unía más que cualquier promesa de transformación.




