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Entre la identidad y la evasión: el fenómeno Therian
En los últimos años, la tendencia therian ha ganado visibilidad en redes sociales como TikTok e Instagram, donde adolescentes aseguran identificarse psicológica o espiritualmente como animales. Más allá del folclor digital de máscaras, colas y movimientos cuadrúpedos, el fenómeno revela algo más profundo: una generación que busca identidad, pertenencia y validación en un entorno virtual que amplifica cualquier expresión llamativa.
El término proviene de therianthropy, concepto con raíces mitológicas que alude a la transformación entre humano y animal. En los años noventa surgieron comunidades en foros de internet donde personas compartían estas experiencias desde una perspectiva simbólica o espiritual. Sin embargo, lo que antes era una subcultura marginal hoy se convierte en tendencia global gracias al algoritmo y a la viralidad.
Es cierto que la adolescencia es, por naturaleza, una etapa de exploración identitaria. Psicólogos coinciden en que los jóvenes atraviesan procesos intensos de autodefinición. Pero aquí surge una pregunta incómoda: ¿estamos ante una expresión simbólica inofensiva o frente a una forma de evasión emocional que requiere atención adulta?
Diversos especialistas han señalado que la identificación Therian no está clasificada como trastorno mental en manuales diagnósticos como el DSM-5. No obstante, algunos estudios sugieren que ciertos jóvenes que se adhieren a esta identidad presentan altos niveles de aislamiento social, ansiedad o rasgos asociados al espectro autista. Eso no significa que “ser Therian” sea una enfermedad, pero sí que puede coexistir con vulnerabilidades emocionales que no deben ignorarse.
El problema comienza cuando la narrativa pública trivializa todo bajo la bandera de la “libre expresión” y se pierde de vista el papel formativo de los padres. No se trata de ridiculizar ni de reprimir, sino de acompañar con límites claros. Si un adolescente comienza a rechazar su propia condición humana, abandona dinámicas sociales básicas o reemplaza vínculos reales por validación digital, estamos ante una señal de alerta.
La responsabilidad parental no puede delegarse al algoritmo. Los adultos deben informarse, dialogar y, cuando sea necesario, buscar orientación psicológica profesional. La terapia cognitivo-conductual y el acompañamiento clínico pueden ayudar a trabajar autoestima, habilidades sociales y regulación emocional cuando la identificación con un animal se convierte en una vía de escape más que en una metáfora personal.
También es importante distinguir entre juego simbólico, expresión creativa y desconexión de la realidad. La adolescencia siempre ha tenido modas —tribus urbanas, estilos musicales, identidades estéticas—, pero la diferencia actual es la velocidad con la que internet consolida comunidades que refuerzan creencias sin filtros críticos.
Ser empáticos no implica ser ingenuos. Escuchar no significa validar automáticamente cualquier narrativa. La sociedad necesita equilibrio: comprensión para no estigmatizar, pero firmeza para no normalizar dinámicas que puedan profundizar fragilidades emocionales. El fenómeno therian no es solo una curiosidad viral; es un espejo que refleja la urgencia de fortalecer el acompañamiento familiar en tiempos donde la identidad se construye, cada vez más, frente a una pantalla o un celular.




