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ZAPOPAN, Jal., 26 de mayo de 2026.- Entre slams familiares, karaoke improvisado, rock, ska, DJs y niñas bailando Payaso de Rodeo, el centro de Zapopan volvió a demostrar que el espacio público puede convertirse en punto de encuentro y no solamente en zona de paso.
La quinta edición de la Fiesta de la Música reunió a cerca de 10 mil personas durante más de siete horas continuas de conciertos y actividades culturales gratuitas que transformaron la Plaza de las Américas, el andador 20 de Noviembre y los alrededores de la Línea 3 en una especie de festival urbano abierto para todas las edades.
Más allá de los escenarios y agrupaciones, uno de los elementos que más llamó la atención fue la diversidad de públicos conviviendo en un mismo espacio: familias completas, jóvenes, adultos mayores, niñas y niños recorriendo escenarios de rock, ska, música electrónica y karaoke sin las barreras habituales de muchos festivales masivos.
Incluso hubo momentos poco comunes en eventos públicos: slams donde participaron menores acompañados de sus padres, zonas de baile colectivo frente a DJs y personas que espontáneamente decidieron subir a cantar frente a desconocidos.
El festival también apostó por medidas de inclusión que todavía son poco frecuentes en eventos culturales gratuitos. Frente al escenario principal se instaló un espacio preferente para personas adultas mayores y personas con discapacidad, además de intérpretes de Lengua de Señas Mexicana durante los conciertos.
El director de Cultura de Zapopan, Cristopher de Alba Anguiano, destacó que la apropiación del espacio público fue uno de los principales resultados de esta edición.
“Ver a familias completas, juventudes, niñas, niños, personas mayores y artistas apropiarse del espacio público a través de la música, nos recuerda que la cultura también construye comunidad”.
Uno de los puntos más concurridos fue el escenario de DJ instalado afuera del Museo de Arte de Zapopan, donde cientos de personas bailaron canciones populares como La Chona y Payaso de Rodeo, generando una escena poco habitual en pleno corazón del municipio.
Mientras tanto, el karaoke terminó convirtiéndose en uno de los espacios más participativos del festival. Personas de distintas edades interpretaron desde baladas hasta regional mexicano y rock frente a un público que permaneció durante horas acompañando a desconocidos.
Además de la música, hubo bazar de emprendedores, venta de arte, brigadas culturales y pintura en vivo de artistas urbanos locales, lo que ayudó a convertir el festival en algo más cercano a una verbena cultural que a un concierto tradicional.
En una ciudad donde frecuentemente el debate público gira alrededor de inseguridad, movilidad o falta de espacios comunitarios, eventos como este terminan mostrando otra necesidad urbana: lugares donde la gente simplemente pueda convivir, permanecer y sentirse parte de la ciudad.