¡¡¡PLOP!!!
Hace unos días, el gobernador Pablo Lemus volvió a poner sobre la mesa el debate sobre la reelección municipal. Al referirse a Zapopan, destacó que la continuidad de un proyecto durante 11 años permitió consolidar una visión de largo plazo.
Coincido en el diagnóstico. Una política pública compleja requiere diagnóstico, diseño, presupuesto, implementación, evaluación y corrección, y tres años resultan a todas luces insuficientes para que un proceso de esa magnitud madure. Pero creo que la reelección es un remedio parcial, porque existe un problema todavía más profundo: cada cambio de gobierno se lleva consigo capacidades, inteligencia y memoria institucional que costó años y dinero público construir.
Lo aprendí en carne propia.
En el año 2000 entré al Ayuntamiento de Zapopan como coordinador de asesores de regidores. Me había especializado en derecho municipal. Creía conocer el municipio porque conocía sus leyes.
Me equivoqué.
Me tomó prácticamente un año comprender que gobernar era mucho más que leyes: era gestión pública, finanzas municipales, presupuesto, planeación, coordinación y operación administrativa. Al segundo año dominaba buena parte de la práctica. Al tercero llegó la dinámica electoral y, con la alternancia, una decisión política nos dejó fuera.
El municipio había financiado mi curva de aprendizaje. Sin embargo, justo cuando ese conocimiento podía rendir mayores frutos, salió conmigo por la puerta.
Multipliquemos esta historia por directores, coordinadores, asesores y jefes de departamento en nuestros 125 municipios.
Ahí emerge el viejo spoils system: el sistema de botín. Gana un grupo y llegan los suyos; pierde otro y se van los anteriores. Cambian los nombres, pero lo que realmente se extravía es la memoria institucional.
El daño, además, va más allá de la rotación.
Cuando el ingreso y la permanencia dependen de la cercanía política y no del mérito, se genera una perversión estructural: el servidor público aprende que conservar la simpatía de quien lo nombró es más importante que fortalecer a la institución.
Así construimos gobiernos de personas y no de instituciones. El costo final lo paga la gestión pública: decisiones improvisadas, pérdida de pensamiento crítico y estructuras diseñadas en función de figuras individuales, no de capacidades operativas.
La reelección permitía cierta continuidad. No garantizaba buenos gobiernos, pero ofrecía a la ciudadanía la oportunidad de evaluar resultados y, si así lo decidía, conceder tres años más. Con todo, su alcance siempre fue limitado: solo funciona si las urnas favorecen al mismo grupo y, aun entonces, un alcalde reelecto puede renovar buena parte de su equipo.
México ha decidido eliminar la reelección municipal a partir de 2030, y los estados están obligados a adecuar sus leyes a esa reforma. Jalisco puede aprovechar ese ajuste para dar el siguiente paso: la creación de un verdadero Servicio Profesional de Carrera Municipal, que garantice la continuidad gane quien gane.
La propuesta es concreta:
• Separar con claridad los cargos de decisión política y confianza de los puestos técnicos y operativamente estratégicos.
• Definir perfiles de puesto rigurosos.
• Establecer el ingreso por mérito y concurso.
• Implementar capacitación, certificación permanente y evaluación del desempeño.
• Garantizar rutas de promoción profesional y reglas objetivas de permanencia.
No se trata de crear burocracias intocables: permanencia no significa inamovilidad, y quien no apruebe su evaluación debe salir. Se trata de lograr que las y los especialistas en finanzas, catastro, planeación, obra pública, desarrollo urbano o evaluación no desaparezcan cada vez que cambien las siglas del gobierno.
¿Tres años alcanzan para aprender a gobernar? Quizá. El problema es que, cuando finalmente se aprende, ya se está preparando la siguiente elección.




