¿Tres años alcanzan para aprender a gobernar?
Cuando hablamos de paz, con frecuencia pensamos primero en la ausencia de violencia. Pero la paz también está presente en acciones mucho más cotidianas: en una persona que organiza a su comunidad, en quien enseña a resolver un conflicto mediante el diálogo, en una asociación que acompaña a quienes más lo necesitan o en quienes recuperan un espacio para volver a encontrarse como vecinos.
Durante años he sostenido que la paz se construye desde lo local. Se construye en las colonias, las escuelas, los espacios públicos, las organizaciones sociales y las familias. Ahí existen personas que, muchas veces sin reflectores y sin esperar nada a cambio, dedican tiempo, conocimiento y esfuerzo a mejorar la convivencia de sus comunidades.
Jalisco tiene una historia importante en materia de cultura de paz. Hemos avanzado en instituciones, legislación y mecanismos que reconocen que la paz no es solamente un ideal al que aspiramos, sino una tarea permanente que requiere participación ciudadana, respeto a los derechos humanos, diálogo y corresponsabilidad.
Pero las leyes por sí mismas no construyen comunidades. Las construyen las personas.
Por eso considero que ha llegado el momento de mirar hacia quienes ya están haciendo ese trabajo y decirles que su esfuerzo importa. El Premio Estatal a la Cultura de la Paznace precisamente con ese propósito: distinguir a ciudadanas y ciudadanos, colectivos, instituciones y organizaciones que contribuyen a la convivencia armónica, la resolución pacífica de los conflictos, el respeto a los derechos humanos y la cohesión social en nuestro estado.
Reconocerlos no es solamente entregar una distinción. Es hacer visibles prácticas que pueden inspirar a otras personas y comunidades.
En cada municipio seguramente conocemos a alguien que cumple esa función. Puede ser una maestra que lleva años enseñando una manera diferente de resolver los conflictos; una vecina que organiza a su colonia; jóvenes que recuperaron un parque; una asociación que acompaña a víctimas; mediadores comunitarios; colectivos que defienden los derechos humanos o personas que han encontrado en el deporte, el arte y la cultura herramientas para reconstruir comunidad.
A veces esas historias parecen pequeñas frente a los enormes desafíos que enfrentamos. No lo son.
Cada conflicto que logra resolverse mediante el diálogo, cada espacio público que vuelve a ser ocupado por una comunidad, cada niña o niño que aprende que existen alternativas a la violencia y cada grupo de vecinos que decide organizarse para mejorar su entorno son pequeñas victorias que fortalecen nuestro tejido social, y Necesitamos hablar más de ellas.
Porque durante demasiado tiempo la conversación pública ha dedicado una enorme cantidad de espacio a quienes generan violencia y muy poco a quienes trabajan todos los días para evitarla.
También necesitamos referentes de paz.
Personas cercanas, con nombre, rostro e historias que nos demuestren que construir comunidades diferentes sí es posible. Reconocerlas significa agradecer su trabajo, pero también multiplicar su ejemplo.
Desde el Congreso podemos construir leyes e instituciones; desde los gobiernos se pueden desarrollar políticas públicas. Sin embargo, ninguna estrategia será suficiente sin una sociedad dispuesta a participar.
La cultura de paz necesita instituciones, pero sobre todo necesita comunidad.
En los próximos días estaremos hablando mucho más sobre este esfuerzo. Por ahora quiero hacer una invitación sencilla: miremos alrededor.
Pensemos quién, desde nuestra colonia, escuela, organización o municipio, lleva tiempo haciendo algo por los demás. Quién escucha, concilia, organiza, acompaña, recupera espacios o construye comunidad.
Seguramente descubriremos que hay muchas más personas trabajando por la paz de las que imaginamos.
Es momento de encontrarlas, hacer visible su trabajo y reconocerlas. Porque reconocer a quienes construyen paz también es una forma de construirla.




