Si entran unos maleandros a mi casa, ya sea para robar o agredir, y el vecino me presta ayuda, de tonto se lo negaría. Nunca le diría: “No.  Tu no te metas, es mi casa”. O, Me están robando y golpeando, pero, respeta la privacidad de mi casa”. Sería una estulticia decir eso.

Esta analogía, la podemos extrapolar a las relaciones entre países. Por ejemplo, si a México los malandrines, llámese delincuencia organizada, narcos o terroristas, le están poniendo una paliza y llega el vecino del norte a quererlo ayudar, por sentido común, no dices que no.

Claro que aceptas la ayuda. Pero, ¿por qué el gobierno mexicano no admite abiertamente la ayuda de los Estados Unidos para, si no erradicar la amenaza del narco, si menguarla hasta que deje de ser un peligro constante a la ciudadanía?

Pues, recibir directamente la ayuda implicaría:

1.       Aceptar que se fracasó en la estrategia implementada de “los abrazos y no balazos”.

2.       Humildad en reconocer la derrota ante la delincuencia.

3.       Plan para desestabilizar a la nación e implantar políticas más férreas de control poblacional.

4.       Miedo ante las amenazas y represalias que los narcos pudieran tomar.

5.       Simpatía por la delincuencia.

Ante la grave amenaza que representa la delincuencia organizada, los cárteles de la droga y otras pandemias sociales, lo más prudente sería aceptar la ayuda del vecino país.

Claro, respetando la autonomía, trabajando conjuntamente, haciendo labores de inteligencia, dando prioridad, a que, el ejército, la guardia nacional y o los diferentes niveles policiales, intervengan primero en cualquier operativo. Si necesitan cooperación, que acepten la ayuda directa.

¡Que se violaría nuestra soberanía! Y ¿los delincuentes no violan a diario la seguridad de las personas? ¿Para, eso queremos la soberanía, para que vivamos amenazados y con miedo? No pues, ¡qué buena es la soberanía!