Libros de ayer y hoy
Sofi quiere ir a Disney: Las reglas han cambiado
No hablaremos de Trump. No porque no importe, sino porque hablar de personas distrae de lo esencial. Además, Sofi mi hija menor, quiere ir a Disney y no conviene que me cancelen la visa en este momento. Mejor hablemos de las decisiones que se están tomando y que, sin tanto ruido, están cambiando las reglas del juego internacional.
Lo que estamos presenciando no es un ajuste coyuntural, sino un replanteamiento profundo del orden global. Durante décadas, el mundo funcionó bajo la idea de un sistema basado en reglas compartidas, sostenido por instituciones multilaterales que pretendían ordenar la convivencia internacional. Hoy, ese supuesto se erosiona aceleradamente.
Organismos como la ONU, la OTAN o el mismo sistema de comercio mundial no van a desaparecer, pero sí se van a transformar. Seguirán existiendo resoluciones, tratados y compromisos, pero su cumplimiento depende cada vez más del poder relativo de los actores involucrados y menos de la fuerza normativa de las instituciones.
El mensaje implícito es claro: las reglas funcionan mientras no estorben. Cuando entran en conflicto con intereses estratégicos, se reinterpretan, se congelan o simplemente se ignoran. En este nuevo esquema, el llamado Estado de derecho internacional deja de ser un marco universal y se vuelve selectivo.
Este desplazamiento tiene una consecuencia central: el poder —en particular el poder militar, tecnológico y económico— vuelve a colocarse por encima de cualquier principio abstracto. No se trata de un regreso al pasado, sino de una actualización del realismo. La fuerza no siempre se ejerce, pero siempre condiciona.
Al mismo tiempo, el mundo entra en una fase de desglobalización selectiva. Las cadenas de suministro no se rompen, se reordenan. Las economías no se cierran, eligen. La seguridad nacional redefine al comercio, y la confianza sustituye a la eficiencia como criterio dominante. Los aliados importan más que las reglas.
Este reordenamiento ocurre en un contexto históricamente inédito: un mundo tripolar. Estados Unidos, China y Rusia configuran tres polos de poder que compiten, cooperan y se contienen de manera simultánea. A diferencia de otros momentos históricos, no existe un árbitro indiscutido ni un equilibrio estable. La fricción es permanente y la negociación constante.
Nunca antes el sistema internacional había operado bajo una tripolaridad tan clara y tan tensionada. No es una simple transición entre hegemonías, sino una convivencia forzada entre potencias con modelos políticos, intereses estratégicos y visiones del orden profundamente distintos. Esa coexistencia redefine la forma en que se toman decisiones globales.
En este tablero, para México, el escenario tripolar no es una discusión teórica, sino una condición práctica. La geografía, la integración productiva y la dependencia comercial reducen drásticamente el margen de maniobra. A diferencia de otras economías intermedias, México no puede darse el lujo de la neutralidad. Le guste o no, su viabilidad económica está anclada al bloque estadounidense.
Esa alineación ofrece ventajas claras: acceso preferencial a mercados, integración industrial profunda y una posición privilegiada en la reconfiguración de las cadenas de suministro. Pero también implica costos. Jugar dentro de un bloque dominante limita la autonomía estratégica, reduce la capacidad de diversificación y obliga a asumir decisiones que no siempre se toman en casa.
En el mundo que viene, México no elige entre polos; elige cómo se inserta dentro del polo al que ya pertenece. La pregunta ya no es si alinearse, sino con qué estrategia, con qué condiciones y con qué visión de largo plazo. En este nuevo tablero, la ambigüedad no es prudencia: es vulnerabilidad.
Insistir en leer este momento desde nombres propios es un error de diagnóstico. Lo relevante no es quién toma las decisiones, sino bajo qué lógica se están tomando. Las instituciones se debilitan, el poder se reconfigura y las reglas dejan de ser universales.
Sofi quiere ir a Disney. Para que ese viaje sea posible, en sentido literal y metafórico, conviene entender que el mundo ya no se rige por las mismas reglas. Querido lector, no se trata de una crisis pasajera, sino de un nuevo tablero. Y aprender a leerlo será una ventaja estratégica.