Tortas para los tragones
Durante décadas, millones de mexicanos crecieron con una convicción sencilla: estudiar, trabajar y esforzarse bastaba para construir un patrimonio y asegurar una vejez tranquila. Un empleo estable, una casa propia, servicios médicos y una jubilación digna eran las aspiraciones de toda una generación. Hoy, quienes rebasan los 50 años descubren que esa promesa no siempre se cumplió.
Son los hijos de un México que todavía confiaba en sus instituciones públicas. Atravesaron las crisis económicas de los ochenta, las privatizaciones de los noventa y las reformas que transformaron el empleo y la seguridad social. Ahora se acercan a la vejez en un país muy distinto del que conocieron.
El desafío crece cada año. Según el Censo 2020 del INEGI, había 15.1 millones de personas de 60 años o más, 12% de la población, y la generación que hoy tiene entre 50 y 59 años viene detrás. Envejecen mientras las instituciones públicas enfrentan dificultades para garantizar pensiones, atención médica y sistemas de cuidados.
A partir de los años ochenta, México adoptó un modelo basado en la apertura comercial, las privatizaciones y una redefinición del papel del Estado. Las reformas respondieron a problemas reales, pero también trasladaron mayores riesgos económicos a los trabajadores y a sus familias.
Uno de los cambios decisivos llegó con la nueva Ley del Seguro Social, que entró en vigor el 1 de julio de 1997 y sustituyó el esquema solidario por cuentas individuales administradas por las Afores. Quienes cotizaban antes de esa fecha conservaron derechos de transición; quienes comenzaron después dependen de lo que logren ahorrar. Entre los 50 y los 65 años conviven ambas realidades.
Y en ambas pesa lo mismo: millones de personas nunca tuvieron empleos lo bastante estables para ahorrar o acumular semanas de cotización. La informalidad, los bajos salarios y las interrupciones laborales hicieron que trabajar durante décadas dejara de ser garantía de seguridad en la vejez.
Las cifras muestran la magnitud del reto. En 2024, 48.2% de la población carecía de seguridad social y 34.2% de acceso a servicios de salud, según el INEGI. La generación de entre 50 y los 65 años se encuentra atrapada entre las responsabilidades del presente y la incertidumbre del futuro. Una parte importante aún sostienen a sus hijos, apoyan a sus padres y cargan deudas que les impiden ahorrar para el retiro.
México necesita una política integral de envejecimiento. No basta con entregar apoyos económicos: hacen falta instituciones capaces de ofrecer atención médica, pensiones suficientes, vivienda, oportunidades de empleo después de los 50 años y servicios de cuidados para quienes pierden autonomía.
El verdadero desafío de México no es solamente que su población esté envejeciendo, sino que millones de personas lo están haciendo sin la protección de las instituciones en las que alguna vez confiaron. No podemos seguir construyendo un país donde trabajar toda la vida no garantice vivir con dignidad.
El éxito de un gobierno no se mide por la cantidad de apoyos que entrega, sino por su capacidad para construir una sociedad que cada vez los necesite menos. Al final, de eso se trata gobernar: de resolver problemas, no de administrar sus consecuencias.




