Tortas para los tragones
Algo sucede con los jóvenes del mundo. De París a Buenos Aires, pasando por Bruselas, Madrid, Tirana y ciudades de India, y ahora en México, particularmente en Guadalajara, las calles vuelven a ser espacio de inconformidad. Las demandas difieren, pero detrás de muchas hay una preocupación compartida: la incertidumbre sobre el futuro.
En Francia se cuestiona el deterioro educativo; en Bélgica, el costo de estudiar; en España, la vivienda; en Argentina, el financiamiento universitario; en Albania, el malestar social se mezcla con reclamos políticos; y en India, las movilizaciones expresan preocupaciones sobre derechos y representación democrática.
No estamos ante una revolución internacional organizada. Pero las imágenes, los lemas y las formas de protesta viajan rápido por las redes, y lo que se ve en una ciudad inspira, o al menos acompaña, lo que ocurre en otra.
Durante décadas el contrato generacional fue sencillo: estudiar, trabajar y esforzarse permitiría vivir mejor que nuestros padres. Hoy muchos jóvenes descubren que una carrera no garantiza empleo estable, que el salario no alcanza para una vivienda y que los servicios públicos no siempre responden.
Parte de esta contradicción se explica por las transformaciones económicas neoliberales iniciadas en los años ochenta: privatizaciones, desregulación, disciplina fiscal y mayor peso del mercado. Sus resultados variaron, pero dejaron una pregunta abierta: ¿quién garantiza el bienestar cuando el mercado no ofrece oportunidades suficientes?
Conviene decirlo sin ambigüedades: la violencia no se justifica. En distintas partes del mundo las protestas se han vuelto más tensas, y la responsabilidad es compartida. Una protesta pierde su fuerza moral cuando termina en golpes, vandalismo o abusos, vengan de donde vengan. Se necesitan manifestaciones pacíficas, autoridades que garanticen ese derecho con proporcionalidad y respeto, y diálogo que no espere a que la tensión escale.
Lo que ocurre en París o Madrid tiene su versión tapatía. Las marchas por el agua limpia, la del 11 de octubre y la de ayer, muestran cómo un problema público puede detonar una exigencia social más amplia. No hay evidencia de que sean consecuencia directa de las movilizaciones internacionales; lo que comparten es una lógica: cuando las necesidades esenciales no se resuelven, el descontento acumulado termina en las calles.
La problemática del agua no nació con esta administración. Es resultado de décadas de crecimiento metropolitano acelerado, infraestructura envejecida, contaminación e inversiones postergadas por distintos gobiernos. Reconocerla es el primer paso para resolverla. El gobierno de Pablo Lemus tiene la oportunidad de demostrar que sabe escuchar, atender lo urgente y planear lo estructural: soluciones inmediatas para que haya agua de calidad, obras de largo plazo que no dependan de un sexenio y garantías plenas al derecho a manifestarse.
No puedo evitar recordar a Daenerys Targaryen, cuando decía que no quería detener la rueda del poder, sino romperla.
Quienes hemos sido parte del movimiento estudiantil, conocemos ese impulso frente a una rueda que reproduce privilegios, desigualdades e injusticias. Pero la historia de Daenerys es también una advertencia: quien quiere romperlo todo termina quemando lo que pretendía salvar. La violencia nunca construye el futuro que se reclama.




