¡¡¡PLOP!!!
No fue dramático, fue en una conversación cualquiera.
—“Me dio FOMO, estuvo súper cringe, me ghosteó y cero queveriento. Ya me dio ansiedad”, “no sonTherians, son furros”.
Asentí con la cabeza. Pero por dentro estaba buscando subtítulos.
No era ignorancia. Era actualización pendiente.
Porque uno creció con “arre Lulú, “bien chido”o “Simona la cacariza”.
Ellos viven entre el “shippeo”, la “funa”, el “GPI” y el “X2”.
Nosotros redactábamos discursos. Ellos mandan memes.
Nosotros hablábamos de estabilidad. Ellos hablan de salud mental, de responsabilidad afectiva.
Y ahí entendí algo más incómodo:
no es que hablen mal… hablan distinto.
Su idioma es rápido, emocional y digital.
El nuestro era formal, estructurado y paciente.
Ellos sintetizan en una palabra lo que nosotros explicábamos en un párrafo.
“Crush” es ilusión.
“Bajón” es tristeza momentánea.
“FOMO” es miedo a quedarse fuera.
“Funa” es juicio público.
Pero aquí viene lo relevante:
En política, quien no entiende cómo habla una generación, tampoco entiende qué la mueve.
Y quien no entiende qué la mueve… no la representa.
Hoy la conversación pública ya no se construye en comunicados oficiales.
Se construye en tendencias, en códigos, en narrativa emocional.
Si un liderazgo suena a 2005 en una generación 2026… está out.
La nueva generación no pide discursos largos. Pide coherencia instantánea.
No quiere solemnidad. Quiere autenticidad.
No es pobreza lingüística. Es otra arquitectura mental.
Y si los partidos, los gobiernos o las empresas no aprenden ese idioma, no perderán votos por ideología…perderán relevancia por desconexión.
Porque cuando una generación siente que no la entiendes, simplemente te cancela.
Te hace scroll.
Y políticamente eso tiene nombre: irrelevancia.
Tal vez no están destruyendo el español.
Tal vez están escribiendo el suyo.
Y si esta columna te dio un poco de FOMO generacional, tranquilo.
No es bajón. Es actualización pendiente.
Porque en política, el que no traduce generaciones…queda muteado.




