Tortas para los tragones
Nadie admite que busca poder. Pero todos lo desean. El poder es algo más que el cargo o el dinero, es lo que provoca: control, reconocimiento, admiración… y una sensación difícil de explicar, pero imposible de olvidar.
A casi 30 años de ocupar distintos espacios de poder, puedo afirmar que el poder no solo se ejerce, el poder se siente. Sostengo que es como una droga, cuando entra en el sistema… ya no quieres soltarlo.
El poder hace algo simple… y peligroso: No te cambia, revela lo que realmente eres. Por eso, hay quienes llegan con discurso humilde… y terminan imponiendo. No es que el poder los hubiese transformado. Es que ahora nadie los detiene.
El que tiene poder, no solo decide… disfruta decidir. Y ahí aparece el primer síntoma de la adicción: creer que sin ese estado… eres menos. Porque el poder no solo se usa. Se necesita.
El problema es que el poder emborracha. Te hace sentir más capaz de lo que eres, más importante de lo que realmente eres, más indispensable de lo que nunca serás. Y si no te das cuenta… te pudre.
Algo que nadie dice, o quiere admitir, el poder también seduce: proyecta seguridad, control, estatus. Promete acceso, cercanía, oportunidades. Por eso atrae.
El poder es afrodisíaco, no derrocha amor, no es admiración limpia. Genera fascinación… interés… y muchas veces conveniencia. Por ello, el poder no solo suma seguidores, suma gente que jamás continuará contigo sin él.
Hay que decirlo con claridad: el poder es como el sexo; a veces se está arriba y a veces abajo. Lo verdaderamente importante es entender el juego y no perder el ritmo en ninguna de las posiciones.
En política hay algo que es inevitable: los cargos públicos son efímeros. Son prestados. Son pasajeros. Y siempre, tarde o temprano… se terminan.
En los últimos años de mi vida laboral en la administración pública, me han preguntado cómo puedo mantenerme humilde e impoluto en los distintos cargos que he ejercido a diferencia de otros que han pasado por el mismo lugar.
La respuesta es llana y simple: ya pasé por la caída de poder en distintas ocasiones. Ya viví lo que el poder puede hacer contigo cuando no lo entiendes. Ya sentí lo que es perderlo… y con eso, perder también certezas, relaciones, equipo político y hasta identidad. Y eso te cambia.
La humildad no la enseña el poder… la enseña perderlo. Porque el que nunca lo ha perdido… cree que le pertenece.
El que ya lo perdió… sabe que es prestado. Cuando el poder regresa, ya no buscas sentirte poderoso… buscas no volver a perderte. Porque al final, el poder no es el problema. El problema es quién eres cuando lo tienes.
Apreciados lectores, el poder no se mide por cuántas puertas se abren cuando llegas, sino por cuántas manos se estiran cuando te vas.
En ese momento de pérdida, cuando la niebla del cargo se disipa, las verdaderas amistades y la familia juegan un papel clave: son el ancla que impide que te pierdas y la fuerza necesaria para lograr recuperarlo.




