Claudia Sheinbaum: empieza a transformar los resultados en legado
El gobierno federal presume, con gráficas y porcentajes, que los homicidios dolosos han disminuido casi un 40 por ciento. La cifra se repite como mantra en conferencias y comunicados, como si el número, por sí solo, pudiera tranquilizar a un país que todos los días despierta con una nueva tragedia. El problema no es solo el dato, sino la distancia abismal entre el discurso oficial y la experiencia real de quienes vivimos en las calles.
Porque mientras el gobierno dice que “vamos muy bien”, diez trabajadores mineros fueron secuestrados. No son estadísticas, son personas que salieron a ganarse la vida y no regresaron a casa. Familias enteras viven hoy en la angustia, mientras la narrativa oficial se empeña en convencerlos de que la violencia está a la baja.
En Sinaloa, dos diputados de Movimiento Ciudadano fueron baleados. No se trata de un hecho menor ni aislado. Cuando la violencia alcanza incluso a representantes populares, el mensaje es claro: nadie está a salvo. Pero en los informes oficiales, estos episodios parecen diluirse, como si no alteraran la tendencia “positiva” que se quiere vender.
El fin de semana, once personas fueron asesinadas en un campo de fútbol en Salamanca, Guanajuato. Un espacio que debería ser de convivencia, de deporte y de familias, se convirtió en escenario de muerte. ¿En qué renglón del reporte se contabiliza el miedo colectivo que deja una masacre así? ¿Dónde se mide el impacto psicológico de saber que ni siquiera un evento deportivo es un lugar seguro?
En Michoacán, una familia de intérpretes fue calcinada, entre ellos una menor de edad. La brutalidad del hecho sacude cualquier intento de normalización. No hay porcentaje que explique, ni gráfica que justifique, la barbarie de asesinar a una niña. Sin embargo, el gobierno federal insiste en que el país avanza por el camino correcto.
Aquí es donde la estadística se vuelve ofensiva. No porque los números no importen, sino porque se usan para minimizar la tragedia humana. Reducir la violencia a un indicador permite al poder político celebrar logros mientras las víctimas quedan relegadas a notas rojas y condolencias de rutina.
Los ciudadanos de a pie no necesitamos que nos repitan que “todo va bien”; lo sabemos cuando podemos caminar sin miedo, cuando nuestros hijos regresan seguros a casa, cuando un campo de fútbol no es una trampa mortal y cuando una familia no es quemada viva. La percepción ciudadana no nace de la imaginación, nace de la realidad cotidiana.
Tal vez los homicidios dolosos bajaron en el papel. Pero mientras sigan los secuestros, las ejecuciones, las masacres, las desapariciones y la impunidad, el país no va bien. La violencia no se derrota maquillando cifras, sino enfrentando el problema con verdad, justicia y resultados que se sientan en la vida diaria, no solo en los informes oficiales.




