Picotazo Político: MORENA
América ¿casualidad o causalidad?
El descubrimiento de América en 1492 es uno de esos acontecimientos que parecen desafiar una explicación simple. ¿Fue una empresa puramente humana, fruto de la navegación y la ambición? ¿O formaba parte de un plan providencial más amplio? Desde hace siglos, historiadores, teólogos y filósofos se han formulado preguntas que siguen despertando fascinación.
Cuando Cristóbal Colón zarpó hacia occidente, Europa se encontraba en pleno Renacimiento. Las antiguas estructuras medievales comenzaban a transformarse, florecían las ciencias, el comercio se expandía y el ser humano volvía su mirada a los conocimientos clásicos de Grecia y Roma. Sin embargo, mientras Europa celebraba este renacer cultural, en otras partes del mundo existían civilizaciones de larguísima tradición. China poseía una continuidad histórica de milenios; Egipto había legado monumentos que aún hoy asombran; y Babilonia, aunque desaparecida como imperio, seguía siendo símbolo de una antigüedad casi legendaria.
La pregunta intrigante es otra: ¿cómo podía existir durante miles de años un continente entero, habitado por millones de personas, sin formar parte del horizonte cultural de Europa, Asia y África?
Desde una perspectiva teológica cristiana, algunos autores han visto el descubrimiento como un acontecimiento providencial. La expansión del cristianismo hacia el Nuevo Mundo fue interpretada por muchos religiosos de la época como parte de un designio divino para llevar el Evangelio a todos los pueblos. Sin embargo, la Biblia no menciona explícitamente a América. Los textos bíblicos fueron escritos en un contexto geográfico centrado en el Mediterráneo, el Cercano Oriente y regiones vecinas. No existe ningún pasaje que describa de manera inequívoca un continente al otro lado del Atlántico.
A pesar de ello, algunos intérpretes han intentado encontrar alusiones indirectas. Ciertas lecturas de Isaías hablan de "islas lejanas" o de pueblos distantes que conocerán a Dios. Otros han señalado expresiones similares en los Salmos o en los profetas. Sin embargo, la mayoría de los especialistas considera que estos textos se refieren a regiones desconocidas para Israel dentro del mundo entonces conocido, no a América.
También surgieron teorías más audaces. Algunos escritores de los siglos XVI y XVII pensaron que los indígenas americanos podían descender de las diez tribus perdidas de Israel. Otros los relacionaron con descendientes de Noé dispersados después de la Torre de Babel. Estas hipótesis tuvieron gran difusión, aunque hoy carecen de respaldo histórico y arqueológico.
Fuera de la tradición bíblica encontramos relatos antiguos que alimentaron la imaginación. El filósofo griego Platón habló de la Atlántida, una gran isla situada más allá de las Columnas de Hércules. Aunque algunos han querido identificarla con América, no existe evidencia seria que apoye tal idea. Del mismo modo, leyendas medievales mencionaban tierras remotas en el océano occidental, pero nunca describieron con precisión el continente americano.
Quizá el aspecto más sorprendente sea que siglos antes de Colón existieron navegantes capaces de recorrer enormes distancias. Los chinos de la dinastía Ming realizaron impresionantes expediciones marítimas en el siglo XV; los vikingos llegaron a América del Norte alrededor del año 1000; y diversos pueblos polinesios dominaron la navegación oceánica. Sin embargo, ninguno de estos contactos produjo una conexión duradera comparable a la iniciada en 1492.
Por eso, el descubrimiento de América conserva un cierto halo de misterio. No porque la historia carezca de explicaciones, sino porque plantea una cuestión más profunda: ¿por qué precisamente en aquel momento convergieron los avances náuticos, los intereses económicos, las circunstancias políticas y las aspiraciones religiosas necesarias para unir dos mundos que habían permanecido separados durante milenios?
La respuesta dependerá de la mirada de cada uno. El historiador hablará de tecnología, geografía y comercio. El creyente podrá ver la huella de la Providencia. El filósofo quizá observe una de esas grandes coincidencias que transforman el curso de la humanidad. Lo cierto es que el descubrimiento de América sigue siendo mucho más que un hecho náutico: es uno de los grandes enigmas que invitan a reflexionar sobre el sentido de la historia y el destino de las civilizaciones.
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Cuando llegó Colón al Nuevo Mundo, un teólogo preguntó:
—¿Y cómo es posible que la Biblia no mencione América?
Un marinero respondió:
—Porque si la hubiera mencionado, nadie habría dejado dormir a los biblistas durante mil quinientos años.
Entonces intervino un filósofo:
—Más misterioso aún: ¿cómo América estuvo aquí todo el tiempo y nadie la encontró?
Y un indígena que escuchaba la conversación dijo:
—Perdón, nosotros sí la habíamos encontrado. Ustedes eran los que estaban perdidos.
¡¡¡PLOP!!!




