El fiel de la balanza

En plena campaña electoral, el escenario es completamente distinto a otros. Esta vez no vivimos elecciones medianamente competitivas, en donde una fuerza política trate de obtener la mayoría ante las otras, en pos de legitimidad. Son elecciones totalmente polarizadas, entre dos bandos que buscan la hegemonía legislativa. Uno, para mantener su proyecto, el otro, para impedirlo.

El fiel de esta extraña balanza se llama Andrés Manuel López Obrador. Su discurso incendiario, polarizado, divisionista, ha partido en dos a México, entre los «buenos» para él, que son quienes le simpatizan, y los «malos», desde su óptica, que son quienes le antagonizan. A López Obrador no se le puede llamar en este contexto ni presidente, ni estadista, ni Jefe de Estado o de Gobierno, sino abierto militante en favor de sí mismo, en un escenario de egocentrismo político que raya en el delirio.

Él es el factor decisivo, en favor o en contra. Es el centro del universo político de México. Él decide, desde su púlpito matutino, en su show de cada mañana quienes son los buenos, quienes los dignos, quienes los enemigos, quienes los indignos. No importan ya otras voces, es un tono monocorde de propaganda, que trata de convencer a los más, para que entonces todos sigamos oyendo esta tonada de una sola voz, que se oye nada más a sí misma y que se repite por millones, a favor o en contra.

La inverosímil alianza del agua y el aceite intenta evitar que la tonada monótona se imponga, pretende hacer contrapeso al único discurso, a la única melodía, al omnímodo discurso. Las campañas poco importan, los candidatos tampoco. El escenario se vislumbra muy distante al del voto diferenciado que tiene como fundamento la razón, la proyección apunta al todo o nada, a favor o en contra, sin remedio, sin punto medio. A la emoción fanática, al insulto, a la denostación, a la repetición irracional de la tonada dictada desde el show de la mañana.

López Obrador ha transformado a México en un concierto para una sola voz, para un solo interprete, para un solo ejecutor de todos los instrumentos de la orquesta. Nadie más puede tocar. Él marca el compás y define, si su melodía sigue por tres, o quizá muchos años más en el escenario, o él determinará si el resto de la gente se une en su contra y detiene esta tonada de una sola armonía.

Por ahora parece que las mayorías estarían avalando su canción, sin cuestionar la letra, el tono, el ritmo. Solamente cantando como autómatas la pegajosa rolita, como sucede con los jingles de publicidad.

Así vistas las cosas estas elecciones, pomposamente llamadas «las más grandes de la historia» (al menos en número de votantes) tienen un solo fin: instaurar el Imperio de Andrés Primero, o impedirlo. Como verá el amable lector las opciones de hoy están implícitas y se reducen, como todo en el México de los tiempos de la pandemia, a dos: a favor, o en contra.