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GUADALAJARA, Jal., 2 de septiembre de 2019.-Cuando el viajero recorre el paisaje con los ojos bien puestos, en ocasiones encuentra recompensas inolvidables. Es el caso que vivimos al atisbar por el mirador que descubre la Laguna de Santa María del Oro.
Una enorme lágrima de los dioses, según reza la leyenda prehispánica local, que llenó el cráter volcánico de agua cristalina de color cobalto, para formar esta laguna; un paisaje que podría rivalizar sin rubor alguno con otros panoramas privilegiados de México, como los Lagos de Montebello en Chiapas, o el Cenote Azul de Quintana Roo.
En el mirador de Jacarandas, situado apenas a las afueras de la población de Santa María del Oro, el viajero, contempla desde lo alto, los 2 mil metros de longitud y los 1600 del ancho total de la Laguna y adivina su transparencia.
Aquí, puede disfrutar además de la artesanía huichol y desde luego, tomar una fotografía inolvidable, en la que el agua diáfana constituye un marco notable para cualquier acompañante.
Del mirador, el paseante recorre los ocho kilómetros, de camino sinuoso, asfaltado y muy seguro, que lo separan de la orilla de la laguna.
Santa María del Oro es una laguna de origen tectónico, que pertenece orográficamente a la zona volcánica transversal de Nayarit.
Por este motivo, muchas personas suponen que este cuerpo de agua no tiene fondo y circulan corrillos en los que se dice que la laguna se comunica con el mar.