¡¡¡PLOP!!!
Pertenezco al final de la Generación X y al inicio de la Millennial. Crecí en una época donde la vida parecía seguir una ruta previsible: estudiar, trabajar, formar una familia y tener hijos. No pretendo decir que todo tiempo pasado fue mejor; muchas de aquellas costumbres eran rígidas, injustas o estaban llenas de prejuicios. Sin embargo, existía una premisa que hoy parece escasear: la responsabilidad como eje central de la vida adulta.
Hoy vivimos en una sociedad mucho más libre, y eso es profundamente positivo. Cada persona es dueña de decidir cómo vivir, con quién compartir su camino, si desea casarse o si prefiere no tener hijos. Son decisiones que pertenecen al ámbito de la libertad individual y que deben ser respetadas. Sin embargo, esta nueva realidad también proyecta sombras que vale la pena observar.
Por un lado, cada vez más personas deciden no formar una familia. Algunos privilegian sus proyectos personales y profesionales; otros, simplemente no ven la paternidad en sus planes. Para muchos más, la decisión es económica: comprar una vivienda es una odisea, los salarios rinden menos y la incertidumbre laboral es una constante. Criar implica un costo financiero, tiempo, sacrificios y, sobre todo, una enorme responsabilidad emocional.
Pero hay un fenómeno latente que es aún más alarmante. Mientras menos personas eligen conscientemente convertirse en padres, observamos a demasiados hombres que sí tuvieron hijos, pero decidieron no asumir su crianza.Basta mirar alrededor para encontrar a miles de mujeres que sostienen solas sus hogares, trabajando dobles jornadas para educar, cuidar y acompañar a sus hijos sin el respaldo que por derecho y moral les correspondería recibir.
Las rupturas de pareja son parte de la naturaleza humana; han existido siempre y seguirán existiendo. El verdadero problema social surge cuando la separación de la pareja se convierte, para el varón, en el divorcio de sus obligaciones filiales. Porque ser padre jamás ha consistido únicamente en engendrar. Ser padre es estar presente, acompañar, guiar, corregir y sostener, incluso cuando nadie lo está exigiendo.
Quizá por eso la verdadera discusión de nuestro tiempo no sea una crisis de masculinidad, sino una profunda crisis de compromiso.
Por eso creo que ser padre hoy en día vale doble.
Vale doble porque implica anteponer el bienestar de alguien más al egoísmo propio; vale doble porque exige templanza y sacrificio económico en tiempos difíciles; y vale doble porque quedarse, acompañar y formar a un hijo sigue siendo la mayor y más trascendente contribución que un hombre puede hacerle a la humanidad.
A todos aquellos que, a contracorriente de las ausencias, hemos decidido asumir con orgullo, amor y valentía la tarea de ser padres presentes: feliz Día del Padre.
Que nuestra mayor recompensa sea verlos y verlas crecer sabiendo que nunca les faltó un papá.