Una presidenta científica, una ciencia para México
En 2027 no sólo se disputarán las 500 curules de la Cámara de Diputados y miles de cargos en los estados; se pondrán a prueba dos maneras diametralmente opuestas de entender la política: la de quienes hicieron de ella un oficio y la de quienes aprendieron a vivir de la coyuntura.
Durante los últimos años, la política ha premiado a quienes supieron leer el momento, acercarse al poder y aprovechar las circunstancias. Son los políticos de coyuntura: aquellos cuya fortaleza depende, en buena medida, de las condiciones del momento y de su cercanía con quienes toman las decisiones.
No necesariamente son improvisados. Algunos tienen talento, capacidad de negociación y una extraordinaria habilidad para moverse en los espacios de decisión. El problema aparece cuando el tablero se mueve.
Frente a ellos están los políticos profesionales. Los que entienden la política como un oficio de largo aliento. Los que han recorrido el territorio, construido relaciones, organizado equipos, enfrentado derrotas y aprendido que una elección no comienza cuando arranca el periodo oficial de campañas, sino mucho antes.
Son, en términos metafóricos, los guerreros.
El guerrero conoce el campo de batalla. Sabe que no siempre se gana y que tampoco siempre se pierde. Entiende que la política exige disciplina, resistencia, organización y, sobre todo, capacidad para adaptarse cuando las condiciones cambian.
El cortesano, en cambio, conoce el palacio. Sabe quién tiene el poder, dónde sentarse, con quién hablar y cómo acercarse a quien puede abrirle una puerta. Su fortaleza radica en la proximidad. Mientras el poder mantiene las mismas coordenadas, puede ser extraordinariamente eficaz.
Pero la política electoral tiene una característica incómoda: en fechas marcadas, las coordenadas cambian para todos.
El banderazo oficial que da el Instituto Nacional Electoral (INE) este 10 de septiembre para el arranque del Proceso Electoral Federal 2026-2027 no es un mero trámite administrativo. Es la activación de un reloj de precisión que obligará a instalar consejos locales y distritales entre septiembre y noviembre, y a entrar de lleno a la batalla de las precampañas en los primeros días de enero.
A partir de septiembre, el aire acondicionado de las oficinas de gobierno cede su lugar a la intemperie del terreno. Cuando las precampañas abran paso a las definiciones internas e inicie el pulso por la movilización, la coyuntura dejará de ser suficiente.
Ahí es donde aparecen los guerreros.
México se encamina hacia un escenario de enorme exigencia técnica y territorial. La contienda obligará a los partidos y a sus aspirantes a recuperar capacidades que durante algún tiempo parecieron secundarias: estructura en casilla, capacidad de despliegue, liderazgo local, conocimiento de las comunidades y resistencia para competir en escenarios adversos.
Una cosa es estar cerca del poder y otra muy distinta saber construirlo.
La política profesional no se mide únicamente por los cargos ocupados. Se mide por la capacidad de permanecer, aprender, reconstruirse y volver a competir cuando los vientos cambian.
Por eso el proceso que arranca en septiembre y culminará en las urnas el 6 de junio de 2027 representa algo más que una renovación de cargos. Es el tamiz en el que la política mexicana volverá a distinguir entre quienes solo conocen los pasillos del poder y quienes caminan el territorio.




