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Hoy en día en muchos sectores sociales, sobre todo de alto poder adquisitivo o en artistas de cine y TV se ven mujeres que a través de cirugías “estéticas” han modificado su cuerpo. Muchas de ellas han exagerado en las partes netamente femeninas de atracción que son los glúteos y el pecho. Sin duda una pequeña cintura y con lo que sobre salta: que esté en donde debe de estar es atractivo, pero, ¿no se estará exagerando? ¿Realmente son bellas las mujeres “operadas” o “tuneadas”?
Analicemos, a través de la filosofía realista, lo planteado.
La mujer hermosa desde la filosofía realista
Hablar de la belleza de una mujer desde la filosofía realista implica ir más allá de la simple opinión o del gusto subjetivo. La tradición realista —especialmente en pensadores como Aristóteles y Santo Tomás de Aquino— sostiene que la belleza no es una invención de la mente, sino una cualidad objetiva de la realidad, aunque percibida por el sujeto. Por ello, una mujer es hermosa no solo porque alguien así lo siente, sino porque en ella se manifiestan ciertos rasgos que participan de lo que es la belleza en sí.
La belleza como propiedad del ser
Santo Tomás de Aquino define la belleza de manera sencilla y profunda:
“Lo bello es aquello que agrada a la vista” (id quod visum placet).
Sin embargo, esta afirmación no debe entenderse superficialmente. Para el realismo, lo que agrada no es cualquier cosa, sino aquello que posee ciertas condiciones objetivas. Santo Tomás señala tres elementos fundamentales de la belleza:
Estos tres rasgos pueden ayudarnos a comprender qué se considera una mujer hermosa desde esta perspectiva.
Integridad: la plenitud del ser
La integridad se refiere a que algo esté completo, que no le falte lo que le corresponde según su naturaleza. En el caso de la mujer, esto no significa cumplir con un modelo rígido, sino que su persona se manifieste de manera plena: salud, equilibrio y autenticidad.
Una mujer hermosa, en este sentido, es aquella que es ella misma sin carencias esenciales, que se presenta con naturalidad y coherencia. No se trata de perfección artificial, sino de plenitud humana.
Aristóteles ya apuntaba algo similar al afirmar:
“La belleza consiste en la magnitud y el orden.”
Es decir, aquello que está completo en sí mismo tiende a ser bello.
Proporción: la armonía visible
La proporción es quizás el elemento más conocido. Se refiere a la relación adecuada entre las partes, tanto en el cuerpo como en el comportamiento. Un rostro armónico, una postura equilibrada o una forma de expresarse moderada son ejemplos de esta dimensión.
Pero la proporción no es solo física. También incluye:
Una mujer hermosa, desde esta perspectiva, no solo “tiene rasgos agradables”, sino que posee una armonía integral que se percibe en su presencia.
Claridad: el resplandor interior
El tercer elemento, la claridad (claritas), es tal vez el más profundo. Se refiere al “brillo” o “luz” que emana de un ser cuando expresa su esencia. En el ser humano, esta claridad está profundamente ligada a lo interior: la inteligencia, la bondad y la vida espiritual.
Por eso muchas veces se dice que ciertas personas “irradian algo especial”. No siempre son las más llamativas físicamente, pero tienen una presencia que atrae.
Santo Tomás explica que la belleza implica una especie de manifestación de la forma interior. Así, una mujer es verdaderamente hermosa cuando su interior se refleja en su exterior.
Podríamos expresarlo con una sentencia sencilla:
“La verdadera belleza es la forma del alma que se deja ver en el cuerpo.”
La unidad entre cuerpo y alma
La filosofía realista no separa radicalmente el cuerpo y el alma, sino que los entiende como una unidad. Por ello, la belleza corporal no es despreciada, pero tampoco es absoluta.
Una mujer es hermosa no solo por sus rasgos físicos, sino porque su cuerpo expresa una realidad más profunda: su persona.
Esto permite comprender por qué:
En efecto, una mujer puede volverse más hermosa a medida que madura, si su vida interior se enriquece.
La belleza moral
En la tradición realista, especialmente en Tomás de Aquino, la belleza también tiene una dimensión moral. Las virtudes —como la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza— embellecen a la persona.
Así, una mujer que:
es percibida como más hermosa, incluso si no responde a estándares estéticos convencionales.
Como se ha dicho en la tradición clásica:
“El bien es bello.”
Esto significa que la bondad misma posee una forma de belleza que se hace visible en la conducta.
Más allá de la subjetividad
La filosofía contemporánea suele afirmar que “la belleza está en el ojo del que mira”. El realismo matiza esta idea: reconoce que hay una dimensión subjetiva en la percepción, pero sostiene que la belleza tiene un fundamento objetivo.
Por eso, aunque las preferencias personales influyen, no todo es relativo. Hay cualidades que, en general, son reconocidas como bellas porque responden a la naturaleza del ser humano.
Desde la filosofía realista, una mujer es hermosa cuando en ella se manifiestan la integridad, la armonía y la claridad. No se trata solo de apariencia, sino de una unidad entre lo físico, lo psicológico y lo moral.
La belleza, así entendida, no es superficial ni efímera. Es una cualidad profunda que refleja el ser mismo de la persona. Por ello, podríamos concluir con una idea que resume esta visión:
“La belleza auténtica no se inventa ni se impone: se descubre como el resplandor de la verdad en la persona.”
En este sentido, toda mujer tiene la posibilidad de ser verdaderamente hermosa, no por ajustarse a un ideal externo, sino por realizar plenamente lo que es en su esencia.
- Profe, voy de acuerdo de que la integridad y proporción son parte de la belleza.
- Te faltó la claridad, Godínez.
- Ahí es donde no estoy de acuerdo profe.
- ¿Por qué Godínez?
- Porque las que me gustan siempre me dejan claro que, con ellas, no tendré oportunidad.
¡¡¡PLOP!!!




