Violencia incel
La frase que dice “tenemos dos oídos y una boca, para escuchar el doble de lo que hablamos”, se atribuye, tradicionalmente, al filósofo estoico Zenón de Citio (aunque también se les ha llegado a mencionar a otros pensadores de la antigüedad como Epicteto o Diógenes de Sinope, como los primeros en decirla), aunque en la sabiduría popular a veces se menciona que se trata de un proverbio árabe.
En la corriente filosófica del estoicismo, el silencio permite observar mejor las situaciones, aprender y evitar malentendidos; pero, sobre todo, tener de nuestro lado la invaluable ventaja de analizar a nuestro interlocutor, de ser empáticos y como muchas veces decimos para ejemplificarlo mejor, nos permite “ponernos en los zapatos del otro”.
El arte de la conversación no reside en la elocuencia de nuestras palabras, sino en la profundidad de nuestro silencio. Vivimos en una sociedad hiperconectada y ruidosa, donde parece que el éxito pertenece a quien grita más fuerte o a quien responde con mayor rapidez. Sin embargo, hemos olvidado que saber escuchar antes de hablar es la verdadera clave de la empatía, el aprendizaje y la sabiduría.
Cuando nos apresuramos a contestar, rara vez estamos prestando atención; por lo general, solo estructuramos nuestro próximo argumento en la mente. Esto transforma los diálogos en monólogos alternados. Escuchar activamente exige suspender el juicio propio y abrir espacio para la perspectiva ajena. Solo a través de este ejercicio de paciencia podemos comprender el trasfondo emocional y racional de nuestro interlocutor.
Quien habla mucho repite lo que ya sabe; quien escucha con atención tiene la oportunidad única de aprender algo nuevo. En un mundo fragmentado por la falta de entendimiento, el silencio reflexivo es un acto de resistencia y madurez que sana relaciones y evita conflictos innecesarios.
La mayor parte de las veces, un problema que, eventualmente, puede escalar se llega a solucionar simplemente escuchando y para muestra basta un botón, en los llamados call center de atención a clientes, en la gran mayoría de los casos quienes llaman están conscientes de que quizás no vayan a resolver el motivo de su queja o, al menos, no tan rápido como uno quisiera. Sin embargo, el simple hecho de ser escuchados, con atención, de saber que se les toma en cuenta, además de recibir una orientación adecuada, según cada circunstancia, es motivo suficiente para calmar los ánimos.
No se trata de no exponer nuestros propios argumentos o ceder en nuestra postura para evitar un debate, claro que no, porque el debate mismo, la confrontación de ideas y los contrastes en las diferentes formas de pensar, siempre y cuando se puedan plantear con respeto y de manera clara, enriquecen a todos y cada uno de los participantes en este ejercicio de comunicación, pero, sin lugar a dudas, quien, antes de soltar una retahíla sin ton ni son, se permita tomar el tiempo necesario para escuchar a los demás podrá no sólo opinar, sino también aprender, enriquecerse y tener un criterio y conocimiento mucho más amplio que quien sólo quiere hacerse escuchar.




