¡¡¡PLOP!!!
Hay una frase célebre, tan polémica como arraigada en el orgullo rioplatense, que dicta que los argentinos no descienden de los aztecas ni de los incas, sino de los barcos. Esa autopercepción eurocéntrica siempre ha generado una tensión silenciosa con el resto del continente. Por eso, quienes hoy nos sentamos a ver el fútbol desde este lado de América Latina no lo hacemos desde la falsa ingenuidad de una "hermandad latinoamericana" que ellos mismos descartan. Si hoy una parte del mundo desea ver ganar a la albiceleste, no es por simpatía regional; es por el significado profundo de su mitología.
Sin embargo, el desencanto global con la Argentina contemporánea no es solo un asunto de identidad, sino también de política. La llegada de Javier Milei al poder ha proyectado una imagen internacional de un país alineado con la nueva derecha liberal, defensor del libre mercado sin concesiones y con una política exterior abiertamente favorable al Estado de Israel, postura que el propio presidente ha convertido en uno de los sellos de su gobierno. Para muchos, la Argentina dejó de representar una voz latinoamericana con identidad propia para acercarse cada vez más a las agendas políticas y geopolíticas de Occidente.
Sin embargo, el desencanto global con la Argentina contemporánea no es solo un asunto de identidad, sino de política y estética. Hoy, el mundo no va con Argentina porque el equipo de Lionel Messi representa el triunfo perfecto del diseño tecnocrático del fútbol moderno. Messi es el orden, la pulcritud, el embajador corporativo ideal que el sistema cuida, protege y cobija en un ecosistema diseñado para el mercado de masas. Es el poder institucionalizado que no incomoda a nadie.
Qué distancia tan sideral con el mito que nos enamoró.
Diego Armando Maradona era la contradicción viva, la amenaza al sistema, el rebelde que le gritó "mafia" a la FIFA en su propia cara y terminó pagando el precio político con el corte de piernas en el 94. El Diego jugaba a pesar del poder. Su figura desafiaba a las élites políticas, económicas y deportivas de su tiempo. Su fútbol era antiimperialista por naturaleza; era el barro y el subdesarrollo rebelándose contra los poderosos en 90 minutos.
Hoy, el entorno del fútbol hiperglobalizado, mudado a los palcos del norte global y alineado con los intereses de las élites económicas y políticas de Occidente, encuentra también un reflejo en la Argentina de Milei. El fútbol y la política no son lo mismo, pero ambos proyectan una imagen distinta a la que alguna vez encarnó Maradona: la de un país más cómodo con el poder que con la rebeldía, más cercano al mercado que al mito.
Por eso el título de esta historia se cuenta solo: el mundo ya no va con esta Argentina de la FIFA y el mercado, pero, puta madre, cómo extrañamos al Diego.