Tortas para los tragones
México no planea; improvisa. Y la improvisación, tanto en la economía como en la cancha, se paga a precio de oro.
La reciente longevidad del éxito de la Selección de Argentina vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿por qué un país sumido en crisis inflacionarias crónicas y turbulencia macroeconómica es capaz de dominar el planeta fútbol, mientras México, con una economía robusta y el mercado deportivo más lucrativo del continente, no pasa de la mediocridad?
La respuesta no es el talento divino; es el diseño institucional. Argentina planea.
Mucha gente cree que el éxito argentino es generación espontánea o herencia genética. Es un error de diagnóstico. La realidad es que la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), tras años de caos, estructuró un proyecto de selecciones nacionales a largo plazo, respetando procesos desde las categorías juveniles hasta la mayor, blindando la identidad futbolística por encima de las urgencias comerciales El éxito de su selección mayor es el último eslabón de una cadena de producción perfectamente planificada.
En México elegimos el camino contrario: el del cortoplacismo y el voluntarismo. Aquí confundimos el negocio con el desarrollo. Creemos que cambiar de director técnico cada dos años, sustituir directivos o inventar parches en el reglamento va a resolver fallas estructurales que arrastramos desde el siglo pasado. Confundimos el movimiento con el progreso.
Las Chivas del Guadalajara ilustran a la perfección esta patología nacional: devorar más de 25 entrenadores desde 2002 bajo la ilusión de que el próximo relevo traerá el milagro, cosechando más crisis que campeonatos. En la acera de enfrente, el Manchester United sostuvo a Sir Alex Ferguson durante casi 27 años porque entendía que la estabilidad es la única incubadora real de una cultura ganadora. Pero en México nos urge el resultado inmediato porque el modelo está diseñado para rentabilizar la inmediatez, no para sembrar futuro.
Salgamos de la cancha, porque en la administración pública este vicio no solo cuesta trofeos: cuesta el desarrollo del país. El fútbol es el espejo de nuestra gestión pública. Mientras Argentina planifica su estructura deportiva a pesar de su economía, México arruina su potencial económico por su falta de planeación.
Aquí es donde la improvisación duele de verdad:
• La trampa del cortoplacismo presupuestal: Cada seis años pretendemos demoler lo construido para empezar de cero. Borramos de un plumazo políticas públicas, estrategias de seguridad y capital humano capacitado porque "la nueva administración tiene otros datos". Ningún país se vuelve desarrollado reinventando su burocracia cada sexenio. Llevamos cuatro décadas atrapados en el "ya casi": el crecimiento promedio anual del PIB per cápita en México ha sido de apenas 0.6% en los últimos 40 años.
• La informalidad como síntoma: Diseñamos programas asistenciales y parches fiscales en lugar de una estrategia nacional de empleabilidad y educación técnica. ¿El resultado? El 54% de la fuerza laboral mexicana está en la informalidad. Más de la mitad de los trabajadores del país están excluidos de la productividad real porque el Estado es incapaz de trazar un plan estructural que trascienda las elecciones.
Al igual que nuestra selección de fútbol, la economía mexicana lo tiene todo para competir en la élite: recursos, bonos demográficos, una posición geográfica envidiable y un mercado gigantesco. Pero nos frena la misma enfermedad: la cultura de la ocurrencia.
La lección que nos deja el espejo argentino es contundente: los éxitos sostenidos no son hijos de la genialidad espontánea, sino de la disciplina institucional. México tiene los recursos, el mercado, la demografía y las oportunidades globales para competir en la élite; lo que le falta es la madurez política para sostener un rumbo.




