¡¡¡PLOP!!!
Existe una idea equivocada sobre el ejercicio del gobierno: que gobernar comienza únicamente cuando se alcanza un cargo elevado. La realidad es exactamente al revés. Gobernar comienza desde abajo.
Comienza en una colonia, en un fraccionamiento, en una comunidad. Inicia cuando los vecinos se organizan, cuando alguien escucha un problema y decide actuar, cuando se construyen acuerdos y se aprende que administrar los asuntos colectivos jamás es sencillo. Una comunidad local maneja presupuesto, servicios, seguridad, mantenimiento, reglas y conflictos. Por eso la participación ciudadana en estos espacios no es un asunto menor: es la forma más cercana y concreta de democracia.
Durante años me he dedicado a estudiar las instituciones desde la academia, la función pública y el análisis político. He tenido el privilegio de realizar dos doctorados, publicar cinco libros, vivir en Europa, recorrer América Latina y presentar trabajos en congresos de distintos países. Con el tiempo, sin embargo, se entiende una verdad fundamental: los títulos y las investigaciones no son suficientes para comprender la realidad. Hay algo que ninguna aula ni informe puede sustituir.
Por eso decidí dar un paso que a algunos les resulta incomprensible: buscar la presidencia de mi fraccionamiento y recorrer las calles de mi municipio. Hay quienes piensan que es un despropósito o un “suicidio”, que pasar de la alta investigación y la función pública a la gestión vecinal es perder estatus o bajar de nivel. Esa postura revela la profunda distorsión de nuestra cultura pública: concebir el poder como una escalera de privilegios y no como un compromiso de servicio.
Hoy me toca caminar las calles de mi entorno más cercano —las de tierra, las de piedra y las de pavimento— para gestionar desde la célula más básica de la administración pública. Quien no puede construir consensos en su propia calle difícilmente entenderá la complejidad de una ciudad.
No asumo este paso como un punto de llegada, sino como una prueba de formación indispensable. Los libros ayudan a comprender y la experiencia a interpretar, pero el territorio obliga a comprobar. Si aspiramos a construir mejores gobiernos, debemos recuperar lo que suele perderse entre oficinas, discursos y burocracias: la capacidad de escuchar y resolver desde lo local.
Gobernar bien no consiste en acumular cargos ni en ostentar nombramientos; consiste en tener la madurez y la humildad de gobernar desde abajo. Después de tantos años entre aulas, libros y congresos, toca pisar el suelo cotidiano. Las mejores políticas públicas no nacen en un escritorio: empiezan exactamente ahí, en las calles, escuchando a las vecinas y los vecinos.




