La del portero es, por mucho, la posición más ingrata del futbol. Es probablemente el puesto que más se parece en una cosa a cualquier trabajo “normal”: sin importar cuántas cosas buenas haga previamente, una falla será suficiente para que vengan las críticas, los regaños y hasta la pérdida de la actividad cotidiana.

El escritor uruguayo Eduardo Galeano (1940-2015) habla con pesadumbre acerca del guardameta en su célebre libro “El futbol a sol y sombra”. Incluso, es compasivo de quienes se dedican a evitar goles. “Dicen que donde él pisa, nunca más crece el césped. Es un solo. Está condenado a mirar el partido de lejos. Sin moverse de la meta, aguarda a solas, entre los tres palos, su fusilamiento”, señala.

Describe al guardameta como un protagonista completamente distinto al resto de los integrantes de este juego. “Él no hace goles. Está allí para impedir que se hagan. El gol, fiesta del futbol: el goleador hace alegrías y el guardameta, el aguafiestas, las deshace. El portero siempre tiene la culpa. Y si no la tiene, paga lo mismo”, afirma Galeano.

El último párrafo de su texto dedicado a los porteros es contundente. “Los demás jugadores pueden equivocarse feo una vez o muchas veces, pero se redimen mediante una finta espectacular, un pase magistral, un disparo certero: él no. La multitud no perdona al arquero. ¿Salió en falso? ¿Se le resbaló la pelota? ¿Fueron de seda los dedos de acero? Con una sola pifia, el guardameta arruina un partido o pierde un campeonato. Entonces el público olvida súbitamente todas sus hazañas y lo condena a la desgracia eterna. Hasta el fin de sus días lo perseguirá la maldición”, sentencia el uruguayo.

Es una posición ingrata. Dedicarse a ella implica un elevado grado de amor por lo que se hace. En el mundo del futbol, el portero parece ser de una raza distinta. El arco no es para todos por una simple razón: no cualquiera está dispuesto a ser el peor cuando se equivoca y ver minimizado lo que hace bien con un simple “para eso está”. Para el guardameta, ser “héroe” puede tomar años de buenas atajadas… pero para ser “villano” basta con un error.

Y el tema se maximiza, obviamente, cuando el arco protegido es el de un equipo grande. Antonio Rodríguez vive hoy los sinsabores que lleva implícita la profesión que ha elegido. En la cancha hay 11 futbolistas, todos propensos a equivocarse, como seres humanos que son. Pero los errores del guardameta pesan más. Duelen más. Tienen más consecuencias, porque terminan en las redes propias.

Si un delantero falla frente al arco, el marcador permanece inmóvil. Si se equivoca el arquero, por lo general se mueve. Es más duro el castigo para quienes custodian los tres palos. Hoy, el guardameta rojiblanco sufre las consecuencias de un nuevo error grave, el segundo en lo que va del Guardianes 2020. Y las repercusiones podrían presentarse de inmediato. El técnico Víctor Manuel Vucetich abrió la posibilidad de que pierda el puesto titular.

¿Debe ir a la banca? Sí. En un equipo grande, dos fallas que cuestan puntos (con Toluca se perdió 1-0 y con Querétaro se empató 1-1) significan mucha presión para el portero, sin importar cómo se llame. En ocasiones, la banca es un buen lugar para reflexionar y desde ahí comenzar la reconstrucción de la confianza que puede quedar golpeada tras las pifias. 

Puede cambiar el nombre, pero no el severo juicio que conlleva el arco. Sin importar quién esté en el arco, la profesión siempre será ingrata. Para un delantero, 10 goles en un torneo corto es mucho. Para un arquero, 10 atajadas es nada, pero 10 errores serían la tumba de su carrera. El técnico decidirá en estos días si Toño va ya a la banca. Si es así, otro vendrá y sin importar cómo se llame, se colocará ahí entre los tres palos aguardando, como dijo Eduardo Galeano, el fusilamiento que desatará la primera falla que cometa.