Claudia Sheinbaum: empieza a transformar los resultados en legado
Ayer no solo se enfrentaron dos selecciones. Se enfrentaron dos visiones del mundo y dos memorias históricas profundamente distintas.
De un lado, Inglaterra, constructora de uno de los imperios más sangrientos y extensos de la historia. Del otro, México, heredero de civilizaciones que levantaron pirámides monumentales y ciudades esplendorosas cuando gran parte de Europa aún vivía en la oscuridad medieval.
Ayer, si me permiten, jugaron los aztecas contra los piratas. Y aunque el marcador no lo sabíamos cuando se escribió esta columna, hay batallas que México lleva siglos ganando con creces.
Nuestra grandeza se forjó en la tierra, en la observación del cosmos y en la capacidad de resistir. La de ellos, en cambio, se edificó sobre sangre y despojo. Mientras las culturas mesoamericanas construían monumentos para conectar con los dioses, la corona británica financiaba corsarios y piratas para saquear los mares del mundo.
Su opulencia no nació principalmente de la innovación o la diplomacia, sino de cañones, barcos robados, colonizaciones sangrientas, el comercio de esclavos y guerras que borraron culturas enteras del mapa. Esa es una historia que ellos adornan con gloria imperial, pero que la humanidad recuerda como uno de los capítulos más brutales y vergonzosos de la era moderna.
Frente a eso, México representa una grandeza con raíces de dignidad.
En la gastronomía, la diferencia es abismal. Ellos tienen el fish and chips. Nosotros, una tradición declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad: tacos, tortas ahogadas, mole, pozole, tamales y una diversidad de sabores.
En las bebidas, el té inglés habla de protocolo y contención; el tequila y el mezcal mexicanos encienden el alma y celebran la vida con fuego ancestral.
La música británica ha dado genios indiscutibles. Pero el mariachi es memoria viva, emoción que se siente en la sangre.
En belleza e inspiración, también jugamos de locales. Ellos presumen realeza; nosotros, a nuestras mujeres, cuya inteligencia, carácter y presencia han brillado dentro y fuera de nuestras fronteras.
Ellos inventaron el fútbol moderno. Nosotros lo convertimos en pasión que paraliza naciones y une familias alrededor de un solo grito.
Independientemente del resultado, México ya ganó la verdadera contienda. Porque, aunque ellos impusieron reglas con hierro y pólvora, nosotros le enseñamos al mundo cómo se vive con orgullo, con color y con una alegría que ninguna colonización pudo extinguir.
Espero que, en la cancha del Azteca, se aparezca el espíritu indomable de Maradona. Que se repita la humillación épica de 1986. Que los aztecas, una vez más, hagan temblar el templo de concreto y les recuerden a los piratas que, en esta cancha y en la historia, México siempre ha tenido la última palabra.




