Una presidenta científica, una ciencia para México
La muerte del joven Irving Mauricio, de apenas 28 años, tras el ataque de un cocodrilo en las inmediaciones de Marina Vallarta, es una tragedia que duele profundamente. Duele por una familia que hoy llora una pérdida irreparable, por unos amigos que jamás imaginaron una despedida tan cruel y por una comunidad que vuelve a enfrentarse a una realidad que desde hace años se viene ignorando. Lo más fácil sería culpar únicamente al cocodrilo. Lo más cómodo sería hablar de un animal agresivo que debía ser retirado. Pero hacerlo sería quedarnos apenas en la superficie del problema.
Los cocodrilos no aparecieron de la noche a la mañana. Ellos estaban ahí mucho antes que los hoteles de lujo, los desarrollos inmobiliarios y los complejos turísticos. Su hogar eran los manglares, ecosistemas fundamentales para el equilibrio ambiental y que durante décadas han sido reducidos, fragmentados o destruidos por el crecimiento urbano y turístico. Cuando el ser humano invade el territorio de la fauna silvestre, tarde o temprano la naturaleza responde. No porque busque venganza, sino porque simplemente intenta sobrevivir.
Puerto Vallarta ha crecido de manera impresionante y eso ha traído inversión, empleo y desarrollo. Sin embargo, también obliga a preguntarnos si ese crecimiento ha sido verdaderamente sustentable. Cada hectárea de manglar perdida representa un refugio menos para especies que dependen de esos ecosistemas. Y cuando esos espacios desaparecen, los animales terminan buscando alimento y refugio donde antes no tenían necesidad de hacerlo: canales, playas y zonas urbanas frecuentadas por miles de personas.
Las autoridades de los tres niveles de gobierno tienen una enorme responsabilidad. No basta con colocar letreros de advertencia después de cada tragedia ni con capturar a un cocodrilo cuando ocurre un ataque. La verdadera prevención consiste en proteger los ecosistemas, hacer cumplir la legislación ambiental y exigir que el desarrollo turístico respete los límites que impone la naturaleza. Resulta legítimo que la ciudadanía exija acciones más firmes para conservar los manglares y garantizar tanto la seguridad de las personas como la preservación de la fauna.
También es válido preguntarse si el gobierno municipal está destinando suficiente atención a este problema. Los ciudadanos esperan que la administración encabezada por Luis Munguía priorice políticas de prevención, protección ambiental y seguridad, además de la promoción turística. Una ciudad que aspira a ser un destino de clase mundial no puede limitarse a proyectar una buena imagen; debe demostrar que es capaz de resolver los retos que acompañan a su crecimiento y de atender las preocupaciones de quienes viven y visitan el puerto.
Sería un grave error convertir al cocodrilo en el villano de esta historia. Él actuó conforme a su instinto. Los seres humanos, en cambio, tenemos la capacidad de planear, prevenir y corregir nuestros errores. Si seguimos destruyendo los ecosistemas que sostienen la biodiversidad, estos encuentros serán cada vez más frecuentes y, lamentablemente, seguirán cobrando vidas humanas y animales. El conflicto no nace de la naturaleza; nace de nuestras decisiones.
La verdadera discusión debería ir mucho más allá de este lamentable accidente. Deberíamos preguntarnos qué modelo de desarrollo queremos para Puerto Vallarta. Uno que privilegie únicamente la expansión inmobiliaria y el turismo de lujo, o uno que entienda que la riqueza natural es precisamente lo que hace único a este destino. Perder los manglares no solo pone en riesgo a especies protegidas; también compromete la seguridad, el equilibrio ecológico y el futuro del propio puerto.
Hoy una familia llora la pérdida de Irving Mauricio. Ojalá que su muerte no quede reducida a un titular más ni a una polémica pasajera en redes sociales. Que sirva para recordar que la naturaleza siempre termina cobrando la factura cuando se le ignora. El verdadero reto no es decidir qué hacer con los cocodrilos, sino entender que el desarrollo y la conservación no son enemigos. Si aprendemos esa lección, quizá podamos evitar que otra tragedia vuelva a escribirse donde antes existía un manglar.




