Agave y tequila
En política, los excesos casi siempre terminan provocando el efecto contrario al que se pretende. Y eso parece estar ocurriendo en Chihuahua, donde el constante golpeteo desde Palacio Nacional contra la gobernadora Maru Campos no solo no la ha debilitado, sino que terminó por convertirla en una figura nacional y, de paso, darle una inesperada bocanada de oxígeno al PAN estatal.
Hasta hace apenas unos meses, Acción Nacional en Chihuahua lucía desorientado, desgastado y sin figuras de verdadero arrastre. Morena avanzaba con paso firme pensando que el 2027 sería un mero trámite para arrebatarle al panismo uno de sus últimos bastiones importantes en el país. La narrativa era simple: el PAN estaba viejo, dividido y sin capacidad de reorganizarse frente a la maquinaria electoral de la llamada Cuarta Transformación.
Sin embargo, la estrategia de confrontación permanente terminó por alterar el tablero político. El embate mediático y político contra Maru Campos, particularmente tras el escándalo por la supuesta participación de agentes de la CIA en labores de inteligencia para desmantelar un mega narcolaboratorio, provocó exactamente lo que Morena quería evitar: victimizar políticamente a la mandataria estatal y colocarla en el centro de la conversación nacional.
La visita de Maru Campos a la Fiscalía General de la República terminó siendo mucho más que un trámite institucional. Fue un acto político con enorme rentabilidad mediática. Lo que buscaba exhibirla terminó dándole reflectores nacionales, posicionándola como una gobernadora bajo asedio federal y despertando la solidaridad automática de sectores opositores que ya daban por perdido Chihuahua frente al avance morenista.
Existe una vieja frase en comunicación política que dice que no hay publicidad mala, solo publicidad. Y el caso de Maru Campos encaja perfectamente en esa lógica. Morena quiso arrinconarla, pero terminó fortaleciéndola. La convirtió en tema nacional, la victimizó frente a amplios sectores ciudadanos y, peor aún para sus intereses, le devolvió identidad y sentido de lucha a un PAN que parecía resignado a entregar el poder.
Porque si algo estaba perdiendo el panismo chihuahuense era precisamente narrativa. No había causa, no había liderazgo sólido y no había una bandera clara para reagruparse. Hoy, paradójicamente, esa bandera se la entregó el propio oficialismo federal. La percepción de persecución política comienza a unir nuevamente a grupos internos del PAN y a despertar simpatías entre ciudadanos que ven con preocupación el uso faccioso de las instituciones.
Morena parece olvidar que el abuso de poder suele tener costos políticos. Cuando el aparato federal se percibe como una herramienta de presión contra gobernadores opositores, la narrativa democrática del oficialismo empieza a erosionarse. Lo peligroso para la 4T no es únicamente que Maru Campos sobreviva políticamente, sino que pueda convertirse en símbolo de resistencia frente al centralismo político que muchos mexicanos ya comienan a cuestionar.
Aun falta ver en que termina esta novela, y nadie puede asegurar quién ganará Chihuahua. Pero algo sí parece claro: el “último clavo del ataúd” que Morena pretendía colocarle al PAN terminó siendo, quizás, el golpe de adrenalina que necesitaba un partido que ya se veía derrotado antes de entrar a la contienda.