
Entre rectorarAS
El caso Doña Carlota, un sentimiento generalizado
El caso de doña Carlota ha generado un fuerte debate. La mujer, en un acto de desesperación, disparó contra tres personas dentro de su hogar, supuestamente porque se sentía desamparada ante la falta de respuesta de las autoridades. Más allá del suceso en sí, su historia nos obliga a reflexionar sobre los factores que llevan a una persona a tomar la justicia por su propia mano. ¿Qué lleva a alguien a cruzar esa línea? La psicología nos ofrece algunas respuestas.
Cuando una persona siente que las instituciones no cumplen su función de protegerla, la frustración se convierte en un detonante peligroso. Un estudio publicado en Criminology & Criminal Justice encontró que la falta de confianza en las autoridades incrementa la disposición de los ciudadanos a aceptar o ejercer la violencia vigilante. La percepción de impunidad genera la sensación de que la única opción viable es hacer justicia por su propia mano. En el caso de doña Carlota, su frustración pudo haberse acumulado hasta el punto de sentirse obligada a actuar.
Albert Bandura, psicólogo reconocido por sus estudios sobre el comportamiento humano, describió un fenómeno llamado desinhibición moral. Este mecanismo permite que las personas justifiquen actos que, en otras circunstancias, considerarían inaceptables. Mediante la racionalización de sus acciones, minimizan el daño percibido y convierten su comportamiento en algo “necesario” o incluso “justo”.
Doña Carlota pudo haber pensado que su reacción era la única salida ante la indiferencia de las autoridades. En su mente, el uso de la violencia se transformó en una acción legítima, impulsada por su sensación de desprotección.
No todas las personas que enfrentan injusticias recurren a la violencia. Existen rasgos de personalidad que pueden hacer que alguien sea más propenso a tomar la justicia en sus manos. Investigaciones de la Universidad de Illinois han identificado que quienes desarrollan una identidad vigilante suelen verse como los únicos responsables de castigar a quienes consideran culpables.
Además, estudios en Personality and Individual Differences han encontrado que el narcisismo comunal y el sadismo pueden ser predictores de actitudes vigilantes. Es decir, personas que se perciben como moralmente superiores y que, además, encuentran cierta satisfacción en el castigo, tienen una mayor predisposición a actuar de manera punitiva.
Otro factor relevante es la percepción de victimización. Investigaciones han demostrado que quienes se sienten constantemente víctimas desarrollan una mentalidad centrada en la vigilancia y el castigo. En estos casos, el deseo de recuperar el control puede ser más fuerte que el miedo a las consecuencias de sus actos.
Si doña Carlota pasó años sintiéndose indefensa o ignorada, es posible que haya interiorizado una identidad de víctima que la llevó a reaccionar violentamente en cuanto tuvo la oportunidad.
El caso de doña Carlota no es un hecho aislado. Representa una realidad preocupante en la que muchas personas, al sentirse desamparadas, ven la violencia como la única solución; sin embargo, tomar la justicia por propia mano es una respuesta equivocada que no resuelve el problema de fondo.
La solución no está en justificar estos actos, sino en entender las razones que los provocan. Si el Estado no cumple su función de garantizar justicia y seguridad, la desesperación de los ciudadanos puede llevarlos a extremos peligrosos. Mientras no exista una verdadera confianza en las instituciones, historias como la de doña Carlota seguirán repitiéndose.