Reconocen a Leo Espinoza con Doctorado Honoris Causa
Cada Día de Muertos me enfrenta a una pregunta que nunca he conseguido responder del todo: ¿celebramos a quienes se fueron, recordamos lo que fueron o sufrimos lo que dejaron de ser?
En México hemos hecho de la muerte una fiesta. Le ponemos flores, música, comida y hasta sentido del humor. La vestimos de catrina, le ofrecemos mezcal y fingimos, por un par de días, que no nos duele tanto.
Pero a mí estas fechas me recuerdan, sobre todo, a mis muertos.
Murió de cáncer mi abuelo Miguel. No nos hablábamos. Y descubrí que la muerte también tiene la crueldad de volver definitivos los silencios que en vida creímos pasajeros.
Mataron arteramente a mi tío Jesús, que fue un padre para mí. También estábamos distanciados, y aquella distancia me dolía tanto o más que su propia muerte. Porque hay ausencias que comienzan mucho antes de que alguien muera. Su asesinato me arrebató no solamente a un hombre fundamental en mi vida, sino también la posibilidad de reencontrarnos, de abrazarnos y de decirnos aquello que el orgullo, las circunstancias o el tiempo nos habían impedido expresar. Hay muertes que duelen por la ausencia y otras que lastiman, además, por todo lo que quedó sin resolver.
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